viernes, 3 de diciembre de 2010

Optimismo y pesimismo

Me lo afané de acá.

OPTIMISMO Y PESIMISMO

El tipo se hace pesimista, por lo general, a fuerza de ir viendo lo que les pasa en la vida a los optimistas.

Hay un optimismo capaz de producir pesimis­mos: y es el de los optimistas que enajenan el presente, que desatienden la hora en que se vive a fuerza de anticiparse un futuro prodigioso de esa hora.

Aspirar a la plenitud es un modo de conspirar contra ella. Quien aspira a mucho, en efecto, siempre se siente defraudado por lo que pudo, luego, conseguir.

Cada hora de la vida tiene una riqueza, un significado y un sentido. Cuando el tipo no apro­vecha esa riqueza, no advierte ese significado, no entiende ese sentido, ha sufrido una pérdida que ya con nada podrá compensar.

No es optimismo auténtico el de quien espera confiado a que la realidad llegue a tener el tama­ño de sus sueños: lo es, en cambio, aquel capaz de vivir su sueño como una realidad.

Esperar a que una ilusión se realice, es una falta de respeto para con la ilusión.

Esperar a que se transforme en una cosa que pueda tocarse o guardarse en el cofre-fort o po­nerse en la heladera, es quitarle a la ilusión sus valores más ciertos y su gracia más diáfana y su gloria más pura.

Es confundir a la ilusión con un pagaré. Dicen los pesimistas que no puede haber felici­dad completa, porque están aburridos de ver la decepción de los optimistas que creían que podía haberla.

Pero es que la felicidad no es nunca una cosa hecha: se va haciendo.

No se trata de que el tipo piense, edificado, en que llegará a ser feliz: se trata de que, lúcido, vaya siendo feliz.

A cada momento el tipo está llegando a algo. Lo malo es que no se da cuenta.

Nada de lo que pasa, pasa. Todo se hace nuestro.

Y el tipo, que siempre quiere apoderarse de todo ¡nunca sabe ser dueño de nada!

La felicidad no puede estar al fin de ningún ca­mino: debe ir estando en el camino.

No es, nunca, una cosa hecha: es intención y referencia, es conciencia y fe.

No busca el camino hacia una cosa: se hace, entre las cosas. un camino. . .

Todo momento es algo, todo paso es una deci­sión.

Cada latido es un regalo.

Por no haber entendido eso tuvo que confesar, allá en sus años viejos, la Marquesa de Sevigné:

__" ¡Qué feliz era yo en aquellos tiempos en que era infeliz...!”

Wimpi

miércoles, 3 de marzo de 2010

Spasiva

El jefe del tipo había decidido que todos los viernes iban a salir a almorzar, junto con el personal que quisiera acompañarlo. La empresa pagaba.
Luego de un par de intentos por los bodegones del barrio, recalaron en ese barcito, en una esquina a tres o cuatro cuadras del laburo.
Entraron, se sentaron y cuando empezaban a comentar qué buena temperatura tenía el lugar (refrigerado pero sin exagerar), apareció una de las hermanas que atienden el lugar.
Todos los ojos de los muchachos (había una sola chica en el grupo) convergieron en el mismo lugar: El escote de la rusita.  Bonita, joven, con el rostro cortés pero adusto, ostentaba una remera con breteles de hilo cuyo escote dejaba ver generosamente la curva de sus pechos hasta el límite de la sorpresa. Y una alianza en su anular izquierdo.
Pidieron de comer cada cual según su gusto.
La otra hermana (camisita manga corta, pantalones de hilo) se ocupó de servir.
Bajo la ropa holgada se notaba un buen cuerpo. En su cara bonita destacaban dos ojos claros, color miel, del tamaño de avellanas.  Se las notaba acostumbradas al control de la fauna masculina que inequívocamente podía asegurarse que frecuentaba asiduamente el lugar sólo para verlas.
El tipo, sentado contra la pared del fondo del lugar y con vista hacia la barra, cruzó su mirada con la hermana de camisita. Ella lo miró fijo, casi canchera,  hasta que el tipo, como 40 segundos después, no tuvo más remedio que dejar de sostenerle la mirada para contestarle a alguien que le habló. Cuando terminaron de comer, volvieron al laburo contentos: ya tenían lugar fijo para ir a almorzar todos los viernes.

Chapas voladas

Estábamos en la casa de G. Era un departamento precioso a una cuadra del Congreso que tenía dependencias de servicio y balcón terraza. G. era el único varón de la familia, así que esas dependencias (un cuartito con baño propio y con la salida de servicio al lado) se habían convertido en su propio monoambiente con la cocina compartida. El balcón terraza con barandal de madera hacía de patio.
G. no andaba muy bien de ánimos.  Se había peleado con una novia, o una mina no había querido salir con él, algo así…
Él y yo éramos amigos desde los 13, más o menos, cuando nos conocimos en una vereda de Barracas. Yo vivía en la ochava y él pasaba por ahí todos los domingos con su familia cuando iban a la iglesia que estaba a mitad de cuadra. Ahora él tenía 19 y a mí me faltaban tres meses para cumplirlos.
A G. le gustaba autodefinirse como “tracción a sangre”. Combinaba con naturalidad un dominio exquisito de la técnica –era técnico instrumentista egresado de la Escuela Fábrica de la Shell de Dock Sud- con una envidiable capacidad para el lenguaje poético y la metáfora. Admirador de Ford y de Maiakovsky.
Un laburante de la poesía, capaz de pasar horas tratando de organizar un poema.
Un enamorado de la tecnología, al que le brillaban los ojos como a un chico contando cómo era la última máquina japonesa para fabricar blocks de motores.
Descendiente de holandeses, su padre había muerto en un accidente bastante estúpido cuando G. era chiquito.
Bueno, ahora que lo pienso, ¿hay accidentes inteligentes? ¿Se puede clasificar así un accidente?
En fin, no importa, la cuestión es que el viejo de G. laburaba construyendo galpones o arreglando techos, o algo así. Habían subido con su hermano –el tío de G.- a revisar un techo de chapas de fibrocemento. (¿Saben de qué hablo? ¿No? Bueno, por las dudas: las chapas de fibrocemento son esas chapas acanaladas más o menos gruesas que parecen de cartón prensado, con una forma que vista de frente es medio así: ~~~~~~~)
Todo el que anda en este asunto de los techos sabe perfectamente que esas chapas son jodidas. Nunca -pero nunca- se pisan en el medio, porque el fibrocemento es duro pero quebradizo. Se pisa siempre –pero siempre- en donde se superpone la punta de una con la punta de la otra, que además es donde están apoyadas en los travesaños que recorren el techo a lo largo.
De última –pero solamente si no hay más remedio-, se puede pisar con mucho cuidado la superposición de sus lados, ya que ahí quedan los dos lomos uno encima del otro y juntos pueden aguantar el peso de un cuerpo durante el breve empujón de un paso.
En fin, no tengo ni idea de si el viejo de G. pisó mal o no. No sé si tropezó o qué. Lo que sí sé es que el techo ni siquiera era demasiado alto -unos cuatro metros-, así que cuando el tipo pasó para abajo se podía esperar a lo sumo unos huesitos rotos o algo por el estilo. Y efectivamente, cuando los tordos lo revisaron lo único que le encontraron fue un esguince en una muñeca y escoriaciones en las extremidades y tronco. Es decir: se dobló la muñeca y se aporreó un poco las costillas, las rodillas, los codos, eso… Pero la chapa le pegó de canto en la nuca y lo mató. Porque la puta chapa iba derechito  detrás del viejo de G. El hermano lo vio tan clarito que se zambulló detrás para tratar de manotearla, patearla, algo. Bueno. No llegó.
Así que G. era el único hombre de la familia. Vivía con su madre y sus tres hermanas –una menor, las otras dos mayores- y ese día andaba medio depre.
No era extraño ese estado en él, un tipo tracción a sangre, hipersensible, profundamente solidario, algo egoísta de a ratos.
G. medía un metro noventa. Era rubio,  tenía ojos color miel, cara cuadrada.  Era el prototipo del vikingo. Para darles una idea acabada: en la Escuela de la Shell a los pibes les hacían chequeos todos los años. Evaluaban todo, incluyendo medidas y proporciones físicas... Cosas de holandeses, ustedes me entienden… Bueno, G. sacaba 99% en esas evaluaciones. Y el 1% faltante se lo descontaban porque… fumaba y tenía irritados los bronquios. En esa época yo también fumaba. Parissiennes fuertes.
Y ahí estaba yo esa tarde de sábado o domingo, cumpliendo mi turno de bancarlo. Nuestra compañía inseparable en esos momentos, además de la música, era el mate. Amargo, dulce, con café, con cáscaras de naranja, caliente, tibio. Pavas y pavas de mate. Así que cuando la pava se vació me fui para la cocina a calentar más agua, mientras seguíamos hablando de lejos. G. salió al balcón terraza y yo puse la pava en el fuego.  Cuando el agua estuvo a punto cambié la yerba, empecé un mate nuevo y enfilé para la habitación de mi mejor amigo. Al momento de trasponer la puerta de chapa de la cocina, cuando levanté la vista del mate al que iba echándole agua, lo vi.
El vikingo de un metro noventa se encontraba en ese preciso instante agarrado de la baranda de madera que rodeaba la terraza. Había pasado por encima de ella y estaba del lado de afuera, con los pies en la cornisa y mirando hacia abajo desde el décimo piso…
Cuando escuchó mi voz se asustó y giró la cabeza violentamente para mirarme, como sorprendido en falta. La brusquedad del movimiento lo hizo tambalear, mientras yo sentía que toda la sangre se juntaba en un extremo de mi cuerpo, aunque no estoy seguro de si se me fue toda a la cabeza, o si se me fue toda a los pies.
Con el cuerpo completamente tensado en el esfuerzo, mientras recuperaba el equilibrio, me miró muy fijo a los ojos. Ahí me di cuenta. De la mueca que hiciera, de la cadencia de mi parpadeo, de la velocidad con que bajara la pava o la firmeza con que sostuviera el mate, de lo que dijera o no, dependía todo. Instantáneamente me calmé, las situaciones de tensión siempre me enfrían.
No se me movió un solo músculo de la cara. Del modo más natural que pude y sin dejar de mirarlo, chupé de la bombilla hasta que hizo ruidito. Después, para sorpresa de G., bajé tranquilamente la mirada hacia el mate y, mientras volvía a llenarlo lo más despacito que pude, le dije con mi voz más neutra: -“¿Vas a algún lado?”
Al mismo tiempo, levanté la vista, lo miré muy fijo y estiré el brazo mientras, ahora sí, lentamente, empecé a caminar hacia él alcanzándole el mate.
Él se desconcertó bastante. Parpadeó sorprendido, se aflojó.  Dudó.
La situación cambió de dramática a ridícula sin solución de continuidad.
Ya no dejó de mirarme. El gesto se le ablandó. Pasó al lado de adentro con desgano, casi con calma.  Se sentó apoyando la espalda contra el barandal de madera, aceptó el mate y bamboleando la cabeza sin mirarme, con voz resignada, masculló mordiendo las palabras con más ironía que enojo: -“¡Flaco hijo de puta, ni matarme tranquilo puedo con vos…!”
G. siempre decía que yo era la voz de su conciencia.

domingo, 26 de febrero de 2006

La espiral ascendente

Sábado. Nueve de la noche. El tipo mira para arriba y ve una hilera de palmeras agitadas por el viento que le recuerda la presentación de Miami Vice. Un cielo algo nuboso, con capas de nubes en distintas altitudes, unas casi quietas, otras volando a una velocidad que al tipo le parece enorme.
El tipo está a cien metros del escenario, en esa loma natural que constituye la calle asfaltada.
Adelante, unos diez metros hacia cada lado, sendas camionetas con parabólicas en el techo. En una de ellas, un chabón con una cámara y otro con una filmadora digital captan distintos momentos. Se prende la luz y aparece un locutor anunciando lo que viene.
Dos minutos después entra ella. Arranca con La Cigarra. Al tipo se le humedecen los ojos mientras canta. Ve montones de manos yendo a los ojos cada tanto, así que se ve que no es el único. Muchos jóvenes cantando.
Siguen casi dos horas de recital impecable.
Entre la gente, una sucesión interminable de postales del tiempo que vivimos. Muchísima gente viene casi a acampar. Llegan con sillas plegables, heladeritas, mates, termos, galletitas, sánguches, gaseosas. Adolescentes con sus padres, con sus abuelos. Dos mujeres jóvenes levantan en sillita de oro a una anciana que no llega al metro cuarenta y cinco para que vea el escenario.
Dueños naturales del espacio en que se desarrolla el recital.
Una pena que entre los invitados no esté León. Ella fue la que se lo llevó a cantar por el mundo, después de que el tipo se despachara en la jeta de los milicos con "Solo le pido a dios" mientras ellos organizaban la guerra con Chile. Era el 77 y el tipo, todavía un jovencito, se negaba a dar crédito a ese tío que le vaticinó: "ya está, nos cagaron otros veinticinco años". Impecable, la cuenta del tío: 2001-1976 = 25.
Casi sobre el final, el tipo cae en la cuenta: la última vez que la vio en vivo fue en el Opera, en el '82 dictatorial post-Malvinas, cuando la hora del naufragio y la de la oscuridad recién estaban todavía en su minuto 12, más o menos.
El tipo cree recordar que ella empezó cantando el mismo tema.
Esa vez había más Infantería y yuta afuera del teatrito con capacidad para vaya a saber, ¿un par de miles de personas? que esta noche en la que, según los diarios del día siguiente, hay setenta mil personas. Esta noche el tipo no ve ni un cana. Están todos donde deben estar: dirigiendo el tránsito.

miércoles, 25 de enero de 2006

Bolitas

Para los que tienen miedo
Vamo´, arriba, tengan fé
Pa´ los que ya se la juegan
No se olviden lo que fue
Pa´ los que están enterrados
Más allá del socavón
Hay que darle coca al tío
Y laburar con su perdón

Potosí - La vela puerca

“. . . A mi solo me mataréis, pero mañana volveré y seré millones”
El 15 de Noviembre de 1781, un hombre lanzaba esta sentencia a los rostros de sus verdugos. El territorio de lo que hoy es Bolivia acababa de conocer una de las revoluciones indias más grandes de su historia, la ciudad de La Paz había sido cercada dos veces, un fuego de rebeldía invadía valles y altiplano.

El movimiento de independencia de la América española se inició con el 'grito de chuquisaca' el 25 de mayo de 1809. Se constituyó una junta formada por delegados de diversos territorios y presidida por el patriota boliviano Pedro Domingo Murillo. Vencidos los insurrectos por los españoles en la batalla de Chacaltaya en octubre de aquel mismo año, Murillo y otros patriotas fueron pasados por las armas. Las últimas palabras del héroe boliviano fueron:
"La tea que dejo encendida nadie podrá apagarla".


Casi sitiado por la vorágine cotidiana de su mudanza eternamente inconclusa, el tipo se tiró en el sofá y puso uno de los canales que transmitían en directo. Casi de casualidad, con curiosidad más que otra cosa, el tipo pescó la ceremonia ancestral de Tiahuanaco.
Banalizada por su condición de espectáculo mediático, al igual que las guerras y los desastres naturales de los últimos quince años, de pronto, sin embargo, tomó cuerpo. En uno de esos instantes fugaces en que uno "sabe", el tipo adquirió repentinamente conciencia de que estaba presenciando un hecho histórico por cualquier parámetro que se eligiera.
Era impresionante la cantidad de gente reunida, pero mucho más lo era la causa que la reunió.
El segundo presidente aborigen de la historia de las repúblicas de América tomó el micrófono para hablar a esa multitud espontáneamente reunida, y la Puerta del Sol lo enmarcó. Desde ahí llamó a su gente a empujarlo si se frenaba y convocó a los pueblos de latinoamérica a participar en el cambio. "Hay que pasar de la resistencia a la toma del poder", aseveró.
Cuando el Presidente Electo de la República hermana de Bolivia hizo la lista de los antecedentes de los cuales se considera tributario y albacea -"vamos a cumplir las tareas que nos dejaron pendientes" dijo ahí, y pidió un minuto de silencio para ellos al otro día en el Congreso- el tipo sintió la emoción estrujarle la garganta y algunas lágrimas correr por el rostro.

viernes, 13 de enero de 2006

Vivir solo cuesta vida

El tipo había estado charlando con una amiga sobre actos, impulsos y consecuencias. "Me desconcertaste, la mayoría de los tipos no piensan así", había dicho ella. El tipo le había dicho que no hizo algo que realmente quería hacer porque pensó en las consecuencias a mediano plazo.
Días después el tipo meditaba sobre si invitar o no a alguien a probar un vino que compró. O mejor dicho: sobre si darse por aludido por la frase de ella cuando el tipo le sugirió que se lo compre porque era muy rico -"primero tendría que probarlo", había dejado picando unos días antes con desparpajo la casi treintañera-. El tipo sabía de antemano que no iba a darse por aludido pero el solo poder considerar la posibilidad producía un efecto satisfactorio en su autoestima.
En eso andaba el tipo cuando se encontró en un blog con el siguiente párrafo, obviamente referido a alguna gente mayor, escrito por alguien probablemente muy joven:
Yo las comprendo porque se que voy a llegar ahí y voy a sentir el mismo pesar y la misma ansiedad. Cada día realmente puede ser el último. A la vuelta de la esquina ya no hay un choque fortuito con el hombre de tu vida, lo que hay a lo sumo es un vendedor de celulares. La vida no es algo especial y el corazón ya no sufre estampidas.
Es cierto que a mucha gente se le ha encallecido el alma con el correr del tiempo, las desilusiones, los infortunios y tantos otros avatares de la existencia. A algunos, incluso, desde edad temprana.
Pero la mayoría sigue soñando con que a la vuelta de la esquina esté el choque fortuito con el hombre o la mujer de tu vida -si es que todavía ese choque no se produjo-, sigue pensando que la vida es algo especial y el corazón sigue sufriendo estampidas.
Lo que ocurre es que "vida" a partir de determinada edad ya no es la promesa del futuro interminable. El horizonte está a la vista.
Como cada día puede ser el último, ese algo especial que es la vida puede acabarse mañana. "Para toda la vida" puede significar para hoy y mañana. Y el corazón en estampida puede desbarrancarse en el abismo de la nada antes de haber logrado tomar impulso.
Ganas e ilusiones sigue habiendo. En todo caso, algo menos de confianza ciega en la propia infalibilidad, después de una dosis apropiada de cagadas. Lo que no hay es tanto tiempo para desperdiciar. El tipo ha visto sesentones largos empezar nueva vida y nueva familia y beberse los vientos y veinteañeros tan cagones que dan vergüenza ajena.
Puestas las cosas en esa perspectiva, la diferencia sigue siendo, a cualquier edad, la que hay entre la inconciencia y el valor, entre la cobardía y la mesura, entre el resentimiento y la esperanza.

martes, 27 de diciembre de 2005

Llamado a la solidaridad

Otrosidigo: Esta nota de Eduardo Fabregat y los comentarios asociados tampoco tienen desperdicio...

Dentro de tres días se cumple un año de Cromañón.
Mucho se dice y se escribe. Yo dije lo mío al calor de los hechos y un par de veces más. Hoy me encuentro con esta nota de Clarín, que me gusta para darle un posible cierre. Porque pinta un fresco amplísimo no sólo de lo que pasó ahí, sino de algunas otras cosas que pasaron antes y durante todo el año después. Vayan, lean y lagrimeen un poco. Como siempre, para abrirles el apetito, acá un pedacito:

En 18 años de periodismo, la mitad de mi vida, aprendí que el destino suele preparar emboscadas. Uno puede ir hacia un lugar seguro, pero de pronto, algo que nos empuja a cambiar de dirección. Hace más de un año preparaba una nota sobre la Campaña Nacional de Alfabetización, que iba a convocar a voluntarios independientes de la política. Para poder contar la experiencia, en noviembre de 2004, hice el curso de capacitación en el Palacio Sarmiento. En Florencio Varela, una beba dormía en el pecho de su padre, debajo de un ventilador. Tenían un amor de caricias y miradas, ausente de palabras. Ella no tendría tiempo de aprender ninguna, ni siquiera "papá".

—¿Y qué te parece si te ponés al frente de un curso, hay siete adultos que viven cerca de tu trabajo y tienen ganas de aprender? —me tentaron.

Tenía que reacomodar horarios, suspender actividades y pasar más tiempo fuera de casa. Mi hijo, de cuatro años, me sorprendía con la lectura de las primeras letras. Corría el riesgo de perderme esos momentos.

Ya parado al lado del pizarrón, con historias de pobreza que me miraban desde los pupitres, era tarde para arrepentirse. Sólo tuve tiempo para renunciar por escrito a los viáticos de 50 pesos que daban por mes. Luego de nueve encuentros, con el curso avanzado y los alumnos toreando a la ignorancia, recibí un llamado inesperado, que denotaba suma preocupación:

—Tenemos un caso muy delicado, un sobreviviente de Cromañón que perdió a su esposa y a su hija, y no sabe leer ni escribir. Es un pedido especial del Presidente... ¿vos te animás?