miércoles, 3 de marzo de 2010

Spasiva

El jefe del tipo había decidido que todos los viernes iban a salir a almorzar, junto con el personal que quisiera acompañarlo. La empresa pagaba.
Luego de un par de intentos por los bodegones del barrio, recalaron en ese barcito, en una esquina a tres o cuatro cuadras del laburo.
Entraron, se sentaron y cuando empezaban a comentar qué buena temperatura tenía el lugar (refrigerado pero sin exagerar), apareció una de las hermanas que atienden el lugar.
Todos los ojos de los muchachos (había una sola chica en el grupo) convergieron en el mismo lugar: El escote de la rusita.  Bonita, joven, con el rostro cortés pero adusto, ostentaba una remera con breteles de hilo cuyo escote dejaba ver generosamente la curva de sus pechos hasta el límite de la sorpresa. Y una alianza en su anular izquierdo.
Pidieron de comer cada cual según su gusto.
La otra hermana (camisita manga corta, pantalones de hilo) se ocupó de servir.
Bajo la ropa holgada se notaba un buen cuerpo. En su cara bonita destacaban dos ojos claros, color miel, del tamaño de avellanas.  Se las notaba acostumbradas al control de la fauna masculina que inequívocamente podía asegurarse que frecuentaba asiduamente el lugar sólo para verlas.
El tipo, sentado contra la pared del fondo del lugar y con vista hacia la barra, cruzó su mirada con la hermana de camisita. Ella lo miró fijo, casi canchera,  hasta que el tipo, como 40 segundos después, no tuvo más remedio que dejar de sostenerle la mirada para contestarle a alguien que le habló. Cuando terminaron de comer, volvieron al laburo contentos: ya tenían lugar fijo para ir a almorzar todos los viernes.

Chapas voladas

Estábamos en la casa de G. Era un departamento precioso a una cuadra del Congreso que tenía dependencias de servicio y balcón terraza. G. era el único varón de la familia, así que esas dependencias (un cuartito con baño propio y con la salida de servicio al lado) se habían convertido en su propio monoambiente con la cocina compartida. El balcón terraza con barandal de madera hacía de patio.
G. no andaba muy bien de ánimos.  Se había peleado con una novia, o una mina no había querido salir con él, algo así…
Él y yo éramos amigos desde los 13, más o menos, cuando nos conocimos en una vereda de Barracas. Yo vivía en la ochava y él pasaba por ahí todos los domingos con su familia cuando iban a la iglesia que estaba a mitad de cuadra. Ahora él tenía 19 y a mí me faltaban tres meses para cumplirlos.
A G. le gustaba autodefinirse como “tracción a sangre”. Combinaba con naturalidad un dominio exquisito de la técnica –era técnico instrumentista egresado de la Escuela Fábrica de la Shell de Dock Sud- con una envidiable capacidad para el lenguaje poético y la metáfora. Admirador de Ford y de Maiakovsky.
Un laburante de la poesía, capaz de pasar horas tratando de organizar un poema.
Un enamorado de la tecnología, al que le brillaban los ojos como a un chico contando cómo era la última máquina japonesa para fabricar blocks de motores.
Descendiente de holandeses, su padre había muerto en un accidente bastante estúpido cuando G. era chiquito.
Bueno, ahora que lo pienso, ¿hay accidentes inteligentes? ¿Se puede clasificar así un accidente?
En fin, no importa, la cuestión es que el viejo de G. laburaba construyendo galpones o arreglando techos, o algo así. Habían subido con su hermano –el tío de G.- a revisar un techo de chapas de fibrocemento. (¿Saben de qué hablo? ¿No? Bueno, por las dudas: las chapas de fibrocemento son esas chapas acanaladas más o menos gruesas que parecen de cartón prensado, con una forma que vista de frente es medio así: ~~~~~~~)
Todo el que anda en este asunto de los techos sabe perfectamente que esas chapas son jodidas. Nunca -pero nunca- se pisan en el medio, porque el fibrocemento es duro pero quebradizo. Se pisa siempre –pero siempre- en donde se superpone la punta de una con la punta de la otra, que además es donde están apoyadas en los travesaños que recorren el techo a lo largo.
De última –pero solamente si no hay más remedio-, se puede pisar con mucho cuidado la superposición de sus lados, ya que ahí quedan los dos lomos uno encima del otro y juntos pueden aguantar el peso de un cuerpo durante el breve empujón de un paso.
En fin, no tengo ni idea de si el viejo de G. pisó mal o no. No sé si tropezó o qué. Lo que sí sé es que el techo ni siquiera era demasiado alto -unos cuatro metros-, así que cuando el tipo pasó para abajo se podía esperar a lo sumo unos huesitos rotos o algo por el estilo. Y efectivamente, cuando los tordos lo revisaron lo único que le encontraron fue un esguince en una muñeca y escoriaciones en las extremidades y tronco. Es decir: se dobló la muñeca y se aporreó un poco las costillas, las rodillas, los codos, eso… Pero la chapa le pegó de canto en la nuca y lo mató. Porque la puta chapa iba derechito  detrás del viejo de G. El hermano lo vio tan clarito que se zambulló detrás para tratar de manotearla, patearla, algo. Bueno. No llegó.
Así que G. era el único hombre de la familia. Vivía con su madre y sus tres hermanas –una menor, las otras dos mayores- y ese día andaba medio depre.
No era extraño ese estado en él, un tipo tracción a sangre, hipersensible, profundamente solidario, algo egoísta de a ratos.
G. medía un metro noventa. Era rubio,  tenía ojos color miel, cara cuadrada.  Era el prototipo del vikingo. Para darles una idea acabada: en la Escuela de la Shell a los pibes les hacían chequeos todos los años. Evaluaban todo, incluyendo medidas y proporciones físicas... Cosas de holandeses, ustedes me entienden… Bueno, G. sacaba 99% en esas evaluaciones. Y el 1% faltante se lo descontaban porque… fumaba y tenía irritados los bronquios. En esa época yo también fumaba. Parissiennes fuertes.
Y ahí estaba yo esa tarde de sábado o domingo, cumpliendo mi turno de bancarlo. Nuestra compañía inseparable en esos momentos, además de la música, era el mate. Amargo, dulce, con café, con cáscaras de naranja, caliente, tibio. Pavas y pavas de mate. Así que cuando la pava se vació me fui para la cocina a calentar más agua, mientras seguíamos hablando de lejos. G. salió al balcón terraza y yo puse la pava en el fuego.  Cuando el agua estuvo a punto cambié la yerba, empecé un mate nuevo y enfilé para la habitación de mi mejor amigo. Al momento de trasponer la puerta de chapa de la cocina, cuando levanté la vista del mate al que iba echándole agua, lo vi.
El vikingo de un metro noventa se encontraba en ese preciso instante agarrado de la baranda de madera que rodeaba la terraza. Había pasado por encima de ella y estaba del lado de afuera, con los pies en la cornisa y mirando hacia abajo desde el décimo piso…
Cuando escuchó mi voz se asustó y giró la cabeza violentamente para mirarme, como sorprendido en falta. La brusquedad del movimiento lo hizo tambalear, mientras yo sentía que toda la sangre se juntaba en un extremo de mi cuerpo, aunque no estoy seguro de si se me fue toda a la cabeza, o si se me fue toda a los pies.
Con el cuerpo completamente tensado en el esfuerzo, mientras recuperaba el equilibrio, me miró muy fijo a los ojos. Ahí me di cuenta. De la mueca que hiciera, de la cadencia de mi parpadeo, de la velocidad con que bajara la pava o la firmeza con que sostuviera el mate, de lo que dijera o no, dependía todo. Instantáneamente me calmé, las situaciones de tensión siempre me enfrían.
No se me movió un solo músculo de la cara. Del modo más natural que pude y sin dejar de mirarlo, chupé de la bombilla hasta que hizo ruidito. Después, para sorpresa de G., bajé tranquilamente la mirada hacia el mate y, mientras volvía a llenarlo lo más despacito que pude, le dije con mi voz más neutra: -“¿Vas a algún lado?”
Al mismo tiempo, levanté la vista, lo miré muy fijo y estiré el brazo mientras, ahora sí, lentamente, empecé a caminar hacia él alcanzándole el mate.
Él se desconcertó bastante. Parpadeó sorprendido, se aflojó.  Dudó.
La situación cambió de dramática a ridícula sin solución de continuidad.
Ya no dejó de mirarme. El gesto se le ablandó. Pasó al lado de adentro con desgano, casi con calma.  Se sentó apoyando la espalda contra el barandal de madera, aceptó el mate y bamboleando la cabeza sin mirarme, con voz resignada, masculló mordiendo las palabras con más ironía que enojo: -“¡Flaco hijo de puta, ni matarme tranquilo puedo con vos…!”
G. siempre decía que yo era la voz de su conciencia.