domingo, 26 de febrero de 2006

La espiral ascendente

Sábado. Nueve de la noche. El tipo mira para arriba y ve una hilera de palmeras agitadas por el viento que le recuerda la presentación de Miami Vice. Un cielo algo nuboso, con capas de nubes en distintas altitudes, unas casi quietas, otras volando a una velocidad que al tipo le parece enorme.
El tipo está a cien metros del escenario, en esa loma natural que constituye la calle asfaltada.
Adelante, unos diez metros hacia cada lado, sendas camionetas con parabólicas en el techo. En una de ellas, un chabón con una cámara y otro con una filmadora digital captan distintos momentos. Se prende la luz y aparece un locutor anunciando lo que viene.
Dos minutos después entra ella. Arranca con La Cigarra. Al tipo se le humedecen los ojos mientras canta. Ve montones de manos yendo a los ojos cada tanto, así que se ve que no es el único. Muchos jóvenes cantando.
Siguen casi dos horas de recital impecable.
Entre la gente, una sucesión interminable de postales del tiempo que vivimos. Muchísima gente viene casi a acampar. Llegan con sillas plegables, heladeritas, mates, termos, galletitas, sánguches, gaseosas. Adolescentes con sus padres, con sus abuelos. Dos mujeres jóvenes levantan en sillita de oro a una anciana que no llega al metro cuarenta y cinco para que vea el escenario.
Dueños naturales del espacio en que se desarrolla el recital.
Una pena que entre los invitados no esté León. Ella fue la que se lo llevó a cantar por el mundo, después de que el tipo se despachara en la jeta de los milicos con "Solo le pido a dios" mientras ellos organizaban la guerra con Chile. Era el 77 y el tipo, todavía un jovencito, se negaba a dar crédito a ese tío que le vaticinó: "ya está, nos cagaron otros veinticinco años". Impecable, la cuenta del tío: 2001-1976 = 25.
Casi sobre el final, el tipo cae en la cuenta: la última vez que la vio en vivo fue en el Opera, en el '82 dictatorial post-Malvinas, cuando la hora del naufragio y la de la oscuridad recién estaban todavía en su minuto 12, más o menos.
El tipo cree recordar que ella empezó cantando el mismo tema.
Esa vez había más Infantería y yuta afuera del teatrito con capacidad para vaya a saber, ¿un par de miles de personas? que esta noche en la que, según los diarios del día siguiente, hay setenta mil personas. Esta noche el tipo no ve ni un cana. Están todos donde deben estar: dirigiendo el tránsito.