miércoles, 23 de noviembre de 2005

Porque lo que es ya no era...

Uno no termina con la nariz rota por escribir mal;
al contrario, escribimos porque nos hemos roto la
nariz y no tenemos ningún lugar al que ir.
Anton Chejov

vacío
hastío
no escribir
de más
no poner
lo que sabés
no saber
lo que ponés
no decir
lo que sentís
no sentir
lo que decís
no buscar
lo que no tenés
no tener
lo que buscás
no callar
lo que querés

no seguir mintiéndote

y entonces
un nuevo momento
volver a empezar
lo que no terminaste
volver a decir
lo que debe decirse
volver a comprobar
lo olvidado,
plenamente
recuperado:
que tu nariz se cura.

miércoles, 9 de noviembre de 2005

Antitéticas

La rubiecita había subido al bondi primero. Una clásica universitaria veinteañera. Ojos claros de mirada atenta aunque lejana, saquito negro sobre remera sobre musculosa, pantalón negro tipo vaquero, cartera tipo alforja y carpetas.
La morocha subió después. Retacona, con obvia ascendencia guaraní. Un poco rellenita, prácticamente sin cintura. Con una pollera cortísima que dejaba ver las piernas, siempre delgadas, de ese tipo de mujer. Pechos firmes, generosos pero no grandes, cuyas tres cuartas partes quedaban ostentosamente a la vista, levantados por un pushup y apenas cubiertos por un top fucsia cruzado, alevosa e intencionalmente abierto. El tipo notó su presencia cuando levantó los ojos en un descanso de su lectura y revoleando la vista se encontró primero con su escote y luego con la mirada intensamente violenta de sus ojos oscuros. La morocha buscaba hacerse notar, ostensiblemente. No con esa actitud falsamente seductora de las prostitutas, sino con acentuada agresividad. Miraba desafiante, casi patotera, a quien la mirara, como diciendo "¿¡qué mirás!?". "Esta mina debe tener problemitas", pensó el tipo distraído de su lectura.
El asiento doble delante del tipo se vació. Primero se sentó la rubiecita, hacia el lado de la ventanilla izquierda del bondi. La morocha se le sentó al lado. En ese momento el tipo pudo ver que traía un par de bolsas. También vio su pelo negro, hirsuto y rebelde, con algo de caspa. Recién ahí la rubiecita la vio. Su mano, que acababa de meter en el bolso para sacar los auriculares del walkman, quedó congelada. La miró como si no pudiera creer lo que veía. Alejó la cabeza, incluso, diez centímetros hacia la ventanilla para abarcar mejor el conjunto a su lado. Se colocó los auriculares, mirando de costado una y otra vez. El tipo se imaginó toda clase de pensamientos referidos a la cuestión de género emergiendo en tropel de la cabeza de la rubiecita, que sacó un libro y lo abrió sobre el bolso que apoyaba en la falda. Empezó a leer, pero volvió a alejar la cabeza para mirar a su compañera de asiento. A esas alturas, la morocha, que atraída por el libro intentaba ver de qué se trataba, se percató del desconcierto de la otra. Entonces, agregando obscenidad a la provocación, se despatarró un poco en el asiento y, ajena, llevó los dos brazos hacia arriba, tomándose del pasamanos de su propio asiento y ofreciendo con los brazos abiertos sus pechos semidesnudos al estupor, el desconcierto y el pudor ajeno generales y la lascivia de uno que otro par de ojos desorbitados.

viernes, 4 de noviembre de 2005

En camino

El tipo había llegado a la parada para tomar el bondi. Eran cerca de las diez de la noche. Cinco o seis personas ya hacían cola. Una de ellas había prendido un pucho recién. Justificando la leyenda urbana, en la esquina dobla el bondi y arrima a la parada. La mina tira el pucho para subir. De la entrada de un local surgen dos pibes. Uno aparenta alrededor de los 10 u 11, así que debe tener 13 o 14. El otro aparenta 14 o 15, así que debe andar por los 16 o 17. El más chico se apresura a levantar el pucho casi entero. Lo saborea con fruición, sobreactuando el gesto. Un cuadro de Alonso el rostro enjuto. Los ojos marrones enormes y esa sonrisa increíblemente fresca de que son capaces esos pibes a veces, en medio de la mugre que los cubre, mucho más literalmente de lo que quisieramos. Otro pasajero ve la escena y lo mira al tipo con una cara de preocupación simpática, semisonriente, que encierra todo un mundo de reflexiones. El tipo, distraído por la escena, al ir a subir no ve el caño de desagüe que interrumpe el cordón y pisa en falso, trastablillando aparatosamente. El pibito ríe mientras dice: "¡Qué boludo... el cordón, eh...!". El tipo lo mira a los ojos, levanta las cejas como diciendo "ha visto!" y sonríe. Mientras sube, siente que le tocan el pantalón y el pibe dice "eh, don, chistecito, eh..."
Una vez arriba, el tipo se va al fondo del bondi y se sienta.
Momentos después, los dos pibes llegan ahí. El más grande se sienta al lado del tipo, el pibito en el escalón delante de él. Cuadras más adelante baja el pasajero sentado a la derecha del tipo. El tipo se corre y deja el lugar para que se siente el pibito. El pibito se sienta y toma una de esas aguas saborizadas con limonada. En su roñosísima mano izquierda, cuatro o cinco pesos en monedas de diez centavos.
El tipo piensa en qué podría decirle. ¿Que él también debería tener una oportunidad, pero que nadie se lo dijo? ¿Que puede que esta vez, como pinta la cosa, pueda llegar a tenerla, si sobrevive el tiempo suficiente? ¿Que aunque la taba parece estarse dando vuelta, todavía falta muchísimo?
No hay que decir nada. Toda la secuencia: la naturalidad con que los pibes suben y se sientan, con que los pasajeros aceptan ese roce y esa convivencia, eran inexistentes hace unos años. Algunos cambios se extienden imperceptibles a simple vista pero profundos.
Cuando va a bajar, el tipo lo mira fijo al pibito y lo interpela cómplice: "¡Permiso, señor!". El pibito corre la gamba. Cuando el tipo se está parando ya delante de la puerta, el pibito le retruca: "¡Caballero, eh!".
Tres o cuatro días después, cuando va a entrar al cajero automático de la avenida, el tipo lo ve al pibito durmiendo ahí, en la entrada, despatarrado al amparo del clima benévolo. Algún alma caritativa le dejó encima, entre el pecho y el brazo, una bolsita de nylon con un bruto sanguche de milanesa adentro.