viernes, 25 de febrero de 2005

Mirando atrás: ¿Qué hago acá?

La segunda imagen que el tipo tenía grabada correspondía a un almuerzo.
Recién llegado, el tipo había sido invitado a sumarse al tradicional morfi findeañero. Había aceptado ipso facto, ya que en esos eventos es donde uno empieza de a poco a romper el cubito -Ginzburg dixit- con sus nuevos cumpas de laburo.
Desorientado como adán el día de la madre, el tipo montó en un vehículo al que le ofrecieron agregarse y aterrizó en el lugar elegido. La misma alma caritativa que lo llevó, lo ubicó cerca suyo en la mesa, donde el tipo todavía no distinguía pato de gallareta en el gentío.
El tipo se levantó, plato y tenedor en mano, para ir a saquear alguno de los bien surtidos mostradores del tenedor libre cuando, entrando por el medio del salón, volvió a chocar con esa mirada intensa y altiva que, esta vez, vaciló por un segundo al cruzarse con la suya, que también vaciló. Dando gracias por la distancia que los separaba y maldiciéndose por su falta de aplomo, se dirigió a por el morfi.
El tipo volvió con actitud casi subrepticia, alegrándose de no tener que cruzarse nuevamente con esos ojos inquietantes, a los que, ahora sí, finalmente, podía adosar una mujer menuda y proporcionada, de andar seguro. Un rostro agradable que le provocaba una familiaridad perturbadora, como si le conociera cada gesto. Un cuerpo menudo, firme, con evidencias de práctica gimnástica y que, tuvo que reconocer, le encantó. Y que, por suerte, no veía por ningún lado.
Hasta que llegó a su lugar.
El tipo se encontró con que la tenía sentada al lado, a su izquierda y, automáticamente, se convirtió en un muñeco de estopa. Le costaba moverse para comer naturalmente. Estaba seguro que si movía el brazo iba a tirar algo, que si intentaba hablar iba a empezar a tartamudear y que iba a decir alguna huevada insalvable, que si comía se le iba a caer la comida de la boca mientras masticaba.
Hecho un nabo, el tipo podía ver claramente por el rabillo del ojo el mantel del lugar a su izquierda sacudirse intensamente con el espasmódico zarandeo de la pierna de ella, lo que lo enervaba todavía más.
Durante todo el tiempo que duró el almuerzo, el tipo hablaba con alguien enfrente de ellos, ella hablaba con el mismo alguien, ese alguien respondía a cada uno de ellos. Pero ellos no cruzaron una palabra, una mirada, lo que reforzó aún más la incomodidad de esa no-relación que minuto a minuto se volvía más y más estridente: la ausencia absoluta de interacción voluntaria requiere de enormes esfuerzos por parte de los involucrados. La no-relación absoluta es una relación cargada de significados, en particular entre personas que se presienten una a la otra con una intensidad desconcertante.
Finalmente, se levantaron todos para volver a la empresa. El tipo huyó del lugar sin volverse hasta subir al auto que lo llevaría de vuelta.
Y tuvo la certeza, ahora sí, de que estaba en problemas.

domingo, 20 de febrero de 2005

Referendum

El tipo había retornado de las vacaciones con nuevos bríos, así que decidió retomar el hábito de caminar cada tanto de casa al trabajo, o del trabajo a casa.
Así fue que el tipo se encontró trajinando el recorrido Flores, Caballito, Almagro, Parque Patricios.
Una de las primeras cosas que el tipo notó fue la recurrente aparición de cintas de variado material, portando en un extremo un noble cuadrúpedo y en el otro un despistado bípedo.
A lo largo de unas cuantas cuadras, cada vez que el tipo quería adelantar alguno de esos conjuntos en movimiento, se veía en el peligro de ser llevado por delante por alguno de los animalitos en cada extremo de la cinta, o de quedar atrapado en los pliegues de la misma.
Ni qué hablar del cuidado accesorio (para no pisar regalitos) que el tipo debió agregar al que ya demandan los diversos baches, baldosas flojas que tiran agüita cuando uno las pisa, bolsas de basura rotas y etcéteras varios. O del agregado riesgo de quedar atrapado en alguna animada y espontánea discusión iniciada por algún par cualquiera de nobles cuadrúpedos saludándose al cruzarse...
En fin, tantas veces se repitieron distintas variantes de estas circunstancias, que el tipo no pudo menos que preguntarse qué cazzo estaba pasando.
Una probable respuesta es que se esté asistiendo al resultado buscado por todos los salames que durante el pico más álgido de la psicosis de seguridad se dedicaron a comprar cachorros de perros grandotes sin pensarlo demasiado. Ahora resulta que los nobles brutos crecieron, y andan por la calle flameando a sus propietarios/as de arbolito en arbolito sin que éstos/as atinen a poner un poco de orden (¿querrán?).
Ni hablar de hacerse cargo de otros detalles nimios, como podría ser el bozal, la obligación de portar palita y/o guantes para hacerse cargo de sus propias cagadas -literalmente!-, etc.
Y eso sin considerar a los que ni siquiera correa portan...
Por eso es que al tipo se le ocurrió que habría que iniciar una recolección de firmas para pasar una ley por la cual se multe debidamente a todo noble cuadrúpedo que salga a la calle sin su bozal y sin su bípedo correctamente uncido al otro extremo de la correa, debidamente munido de palita y/o guantecitos para recoger lo que ellos depositan en los suelos de la ciudad.
Es hora que los nobles cuadrúpedos respondan de una vez por las irreponsabilidades de sus despistados y desconsiderados súbditos bípedos.
Ya basta de tanto animal suelto.

domingo, 13 de febrero de 2005

Pequeñas monstruosidades cotidianas

El tipo había salido del laburo y estaba en la parada, esperando el bondi.
Distraídamente, se alejó del sol - que a pesar de la hora todavía pegaba duro- y se apoyó contra la pared. No era exactamente una pared, sino la parte de la pared que quedaba debajo de un ventanal formando una especie de mostrador. En la parada, otro hombre esperaba el bondi.
Minutos después llega un pibe -15, 16 años a lo sumo- y se para a la izquierda del tipo, acodado en la mocheta, mirando hacia el fondo de la avenida por donde debía venir el colectivo.
De pronto, el tipo ve que el hombre de la parada mira con desconcierto hacia el pibe.
El tipo gira la vista y ve que el pibe se lleva a la boca una bolsa de nylon con otra bolsa adentro, en típica actitud de inhalar pegamento. Chupa de la bolsa, retiene la respiración durante diez segundos formando un globo con los cachetes y exhala.
Sin tiempo para reaccionar, el tipo se queda helado. Una extraña congoja se apodera de sus entrañas. No es la primera vez que ve pibes con bolsitas de pegamento, pero nunca tan cerquita, y nunca tan infraganti.
"¿Por qué?"-es lo primero que piensa el tipo- "¿Qué lo habrá llevado a esto...?"
El tipo y el hombre de la parada cruzan fugazmente una mirada.
Un par de minutos después, el pibe hace ademán de acomodar la bolsa para repetir el movimiento. El tipo se electriza, pero duda y la duda lo paraliza.
"¡No!", piensa. "¡Al menos no delante mío, no me hagas cómplice por omisión!".
Mira la ropa del pibe y no puede explicarse por qué está ahí haciendo eso.
Su ropa -remera negra y bermuda negra con vivos naranjas- denota cierto cuidado, tiene buenas zapatillas, no parece el clásico chico de la calle.
El pibe casi llega a su boca con la bolsita de nylon, el tipo duda si estirar la mano y detenerlo. No sabe qué hacer. No se decide a intervenir, pero no se banca no hacer nada.
De pronto, el pibe hace un gesto, se endereza y se pone en movimiento hacia la parada.
En ese momento, la bolsa se mueve y deja ver, en su interior, un sachet de yogurt. El tipo queda totalmente confundido por el descubrimiento y casi tiene que correr para no perder el bondi, que el pibe estaba parando. Una vez en el bondi, todavía turbado, el tipo pide el boleto sin dejar de mirar incrédulo al pibe.
Todo el resto del viaje, una parte de la mente del tipo trataba de explicarse su evidente vacilación a la hora de decidir un curso de acción. Por alguna extraña razón, el tipo sentía que no había estado a la altura de las circunstancias.
Es que no podía olvidar aquella conversación con una compañera de un laburo anterior acerca de las pequeñas, casi invisibles corrupciones diarias de nuestro espíritu.
Esas que se producen ante la insoluble paradoja de saber, positivamente, que está definitivamente mal que un chico duerma en la calle y la inevitabilidad de pasar de largo porque no está en las manos de cada uno resolver individualmente un problema colectivo.
"Y uno -le había dicho el tipo a su compañera ese día-, cada vez que pasa de largo porque no puede hacer otra cosa se corrompe imperceptiblemente un poquito, porque aunque sepa que no es personalmente responsable, sabe también que no debería ocurrir y lo tolera, es un cómplice obligado de la situación".
La otra parte de su mente intentaba comprender por qué el pibe habría hecho toda esa pantomima: ¿sería algo que alguna vez hizo y lo estaba recordando...? ¿Sería algo que pensaba hacer y lo estaba practicando...? ¿Era, nomás, una de esas típicas provocaciones adolescentes a los dos viejos chotos que lo miraban...?
¿O, mucho más pura y simplemente, el pibe tomaba yogurt, y el tipo y el hombre de la parada reaccionaron con todos los prejuicios y las prevenciones que esta bendita ciudad de Buenos Aires nos ha ido inculcando tras años y años de decadencia...?

jueves, 10 de febrero de 2005

Mirando atrás: Estás en problemas

La primera imagen que el tipo tenía registrada correspondía al bondi en el que volvía de su nuevo laburo todas las tardes.
El tipo estaría en su primera semana, o algo así. Esos períodos intolerables donde el que recién llega no tiene muy claro cómo integrarse a su nuevo grupo, ni el grupo logra ir modificándose lo suficiente sin perder autenticidad para dar cabida al nuevo. Y donde todos se dan cuenta de eso, pero no tienen otra solución que esperar que el tiempo pase, y a ver qué onda.
Para peor la tensión del tipo se veía aumentada porque, por primera vez en casi quince años, se había propuesto que ese fuera su laburo único y permanente a largo plazo: ya había estado bien de rodar y rodar, pasando de múltiples ocupaciones que le absorbían doce o catorce horas al día a no tener ninguna, casi sin solución de continuidad. Quería terminar con la ansiedad de la carne de consultora, que hacía que aún con tres laburos el tipo leyera detenidamente todos los domingos los avisos agrupados y los clasificados viendo qué salía de nuevo como para mandar el CV, porque nunca se sabía cuál de los laburos que tenía se iba a ir a los caños; con ese estado permanente de indeterminación en que había que optar entre éste laburo a corto plazo o aquél y rezar para que la decisión hubiera sido la correcta. En una palabra, el tipo estaba algo más que un tanto tenso, digamos, más alerta que habitualmente.
Estaba sentado en el segundo o tercer asiento dando al pasillo, del lado opuesto al del conductor, cuando a través del vidrio que cubría la escalera de ascenso aparecieron un par de ojos que capturaron su atención de inmediato.
Ojos que no eran de nadie de su grupo de trabajo: imposible no haberlos visto.
Ojos grandes, atentos, de mirada aguda y perspicaz.
Ojos como los del tipo, acostumbrados a mirar de manera abierta y arrogante, seguros de imponerse a la mirada del otro.
El tipo miró fijo, como de costumbre. Los ojos lo miraron fijo, se veía que, también, como de costumbre. Ninguno desvió la mirada. Casi se veía el arco voltáico que conectaba las pupilas.
Luego de la primera sorpresa, desconcertados sus dueños, los dos pares de ojos, como con voluntad propia, se exploraron, se sondearon, se expusieron con avidez y urgencia.
Se mantuvieron así todo el tiempo que esos ojos demoraron en avanzar desde la puerta del bondi hacia los asientos que estaban más atrás, pasando junto al tipo.
El tipo tardó en reponerse del impacto, ejecutado por electrocución.
Su cerebro disperso no volvió a coordinar en todo el viaje.
Llegó hasta su casa bastante confundido, perdido todavía en la agitación que le dejó el fortuito cruce.
El tipo todavía no lo sabía, pero a partir de ese día todo, él incluído, cambiaría inesperada, definitiva e irremediablemente.

jueves, 3 de febrero de 2005

En la costa: Evaluación estétrica

Además de sumergirse en sus cavilaciones, el tipo durante sus caminatas realizó algunas observaciones relacionadas con el lado estético de los acampantes y paseantes playeros.
Sumarizando, el tipo sacó algunas conclusiones interesantes:

Féminas (12/13 a 25/30 años)
Niñas, preadolecentes y adolescentes, aflojen con los big mac o como cazzo sea que se emporquen ahora con altas cantidades de grasitudes.
Es un bajón ver preciosuras a las que las estrías les flamean como los reflejos del globo de espejitos de los boliches y la celulitis se les bambolea como un flan de gelatina.

Féminas (25/30 a 50/55 años)
Guau. Paren un poco con el gym, el step, el aerostep, el tae-bo y otras exquiciteces multiplicadas ad-infinitum.
El tipo realmente llegó a dudar si será que se está convirtiendo en un viejito baboso o si las mujeres en edad de merecer vienen cada vez con mejor envase.
Una rápida encuesta entre homínidos lo sacó de la duda: cada vez vienen mejor.

Féminas (50/55 años en adelante)
Reguau. En un alto porcentaje, las antes nonas portan actualmente todo tipo de atuendo playero y casual con el más absoluto de los desparpajos y les queda bien.
Hay prejuicios que se van terminando y taras culturales históricas que poco a poco ceden ante la espontaneidad y comodidad.

Homínidos (12/13 a 25/30 años)
En general zafan. Los más chicos son más bien flacos en mayoría, los mayorcitos se ve que también le dan a algún tipo de exersais.
Sigan así que van bien.

Homínidos (25/30 a 50/55 años)
Buaaaaaaaaaaa.
Un verdadero desastre, señores. ¡Esto no da para más!
Aflojen con la birra, aflojen con el asado, aflojen con la tabla de quesos, la tabla de fiambres y la picada.
Daba vergüenza ajena ver desfilar abultadas busardas, bamboleantes rollitos, hombros peludos y redondos de grasita sobrante, junto a las féminas del grupo etario correspondiente que, como se dijo más arriba, la rompen.
A ver si aunque sea organizamos algo de fulbito o paddle o pelota a paleta para bajar algo todo el sobrante, porque así como vienen van a terminar con algo más que pelos en la zabiola...
Y otra cosa, aflojen plis con la costumbre de raparse para ocultar las canas o la calva, porque tirados de zapan en la playa para tomar sol con la pelada en punta parecen esos supertanques petroleros que tienen una pelota en la quilla para contrarrestar la presión del agua.

Homínidos (50/55 años en adelante)
En general, algo menos descangallados que los del grupo anterior, acompañaban bastante bien a sus mujeres.

Como dijo el personaje de una película explicando a un extraterrestre qué comemos:
"Los colorantes y los conservantes son la base de la alimentación humana".