jueves, 10 de febrero de 2005

Mirando atrás: Estás en problemas

La primera imagen que el tipo tenía registrada correspondía al bondi en el que volvía de su nuevo laburo todas las tardes.
El tipo estaría en su primera semana, o algo así. Esos períodos intolerables donde el que recién llega no tiene muy claro cómo integrarse a su nuevo grupo, ni el grupo logra ir modificándose lo suficiente sin perder autenticidad para dar cabida al nuevo. Y donde todos se dan cuenta de eso, pero no tienen otra solución que esperar que el tiempo pase, y a ver qué onda.
Para peor la tensión del tipo se veía aumentada porque, por primera vez en casi quince años, se había propuesto que ese fuera su laburo único y permanente a largo plazo: ya había estado bien de rodar y rodar, pasando de múltiples ocupaciones que le absorbían doce o catorce horas al día a no tener ninguna, casi sin solución de continuidad. Quería terminar con la ansiedad de la carne de consultora, que hacía que aún con tres laburos el tipo leyera detenidamente todos los domingos los avisos agrupados y los clasificados viendo qué salía de nuevo como para mandar el CV, porque nunca se sabía cuál de los laburos que tenía se iba a ir a los caños; con ese estado permanente de indeterminación en que había que optar entre éste laburo a corto plazo o aquél y rezar para que la decisión hubiera sido la correcta. En una palabra, el tipo estaba algo más que un tanto tenso, digamos, más alerta que habitualmente.
Estaba sentado en el segundo o tercer asiento dando al pasillo, del lado opuesto al del conductor, cuando a través del vidrio que cubría la escalera de ascenso aparecieron un par de ojos que capturaron su atención de inmediato.
Ojos que no eran de nadie de su grupo de trabajo: imposible no haberlos visto.
Ojos grandes, atentos, de mirada aguda y perspicaz.
Ojos como los del tipo, acostumbrados a mirar de manera abierta y arrogante, seguros de imponerse a la mirada del otro.
El tipo miró fijo, como de costumbre. Los ojos lo miraron fijo, se veía que, también, como de costumbre. Ninguno desvió la mirada. Casi se veía el arco voltáico que conectaba las pupilas.
Luego de la primera sorpresa, desconcertados sus dueños, los dos pares de ojos, como con voluntad propia, se exploraron, se sondearon, se expusieron con avidez y urgencia.
Se mantuvieron así todo el tiempo que esos ojos demoraron en avanzar desde la puerta del bondi hacia los asientos que estaban más atrás, pasando junto al tipo.
El tipo tardó en reponerse del impacto, ejecutado por electrocución.
Su cerebro disperso no volvió a coordinar en todo el viaje.
Llegó hasta su casa bastante confundido, perdido todavía en la agitación que le dejó el fortuito cruce.
El tipo todavía no lo sabía, pero a partir de ese día todo, él incluído, cambiaría inesperada, definitiva e irremediablemente.

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