jueves, 25 de agosto de 2005

Desconfianza

El tipo había tomado el bondi para volver a casa del laburo. Serían las nueve, nueve y media de la noche. Se había sentado en el último asiento individual. La gente iba y venía y el tipo, inmerso en sus propios asuntos, prestaba poca atención.
En algún momento vio subir a una pareja. Él se sentó en el asiento doble a la altura del tipo, del lado del pasillo. Ella un asiento más adelante. Ella se dio vuelta sacando las piernas al pasillo para charlar con él.
El tipo notó que cada tanto ella miraba con disimulo y algo de repulsión a alguien sentado detrás del tipo.
Al rato, el tipo siente que le tocan el hombro y le hablan. No entiende ni jota. Se da vuelta y recibe en pleno rostro el vaho agrio de un aliento alcohólico. Un hombre con rostro del noroeste le está diciendo algo, que finalmente descifra: “Rioja y Parque Patricios…”.
El tipo asiente y le dice que sí, que el bondi lo lleva. Que se tiene que bajar dos paradas después que él. Que se quede tranquilo, que el tipo le va a avisar.
Menos de diez minutos después, el hombre del altiplano insiste. Con un tono entre suplicante y plañidero, dice “Por favoooooor, por favoooooooor” -arrastrando mucho la o- “señor, le pido, de compatriota boliviano a compatriota argentino, yo no me ubico mucho por acá y no sé en quién confiaaaar…”
El tipo se da vuelta nuevamente, hace un gesto de “qué querés que te diga…” e insiste en que se quede tranquilo, que él le va a avisar. La cosa se vuelve a repetir, dos o tres veces.
La minita ya mira al boliviano medio incómoda, mira al tipo con cara de no explicarse qué hace hablándole al otro y después pone esa cara de nada comúnmente conocida como “de perro que lo están culeando”, tan característica de nuestra clase media bien pensante cuando la realidad de la pobreza le juega esa mala pasada de salir del noticiero y pasarle demasiado cerca.
De pronto el tipo se aviva que está viajando en un bondi de la otra línea que lo lleva a su casa y que, en realidad, el boliviano se tiene que bajar no dos paradas después, sino varias vueltas después, ya que el bondi toma por adentro del parque. La explicación no es tan trivial, así que decide que en el punto correcto le va a mostrar el paredón ese, le va a decir “dobla para allá, después para allá y ahí usté se tiene que bajar”. El estado del pobre hombre no amerita una explicación muy abstracta ni muy anticipada…
Varias cuadras antes de ese punto y viendo que el bondi abandona la avenida, el muchacho de la parejita cambia de asiento, se sienta delante del tipo de costado y, él también, pregunta si el bondi vuelve al punto en que, casualmente, el boliviano debe bajar. El tipo le dice que sí y suspira aliviado: ellos le pueden avisar dónde bajar…
En eso, la minita mira al boliviano, mira a su noviecito asustada, hace un par de gestos con los ojos y le dice, moviendo los labios sin sonido: “tiene un cuchillo”. El novio mira al tipo con sonrisa cómplice, pone cara de “¿y?” y le dice a ella que no se caliente, total, en el estado que está, a quién va a joder…
El tipo ya entendió a qué se refería el boliviano: llegó a la conclusión de que estos dos no son confiables. Llegan al punto donde el tipo iba a explicar. Se da vuelta para hablarle y se lo encuentra desparramado sobre el asiento del fondo y profundamente dormido. Seis cuadras completas lo zamarrea, tratando de despertarlo para explicarle, pero no hay caso…
El tipo llega a su parada y se baja. Vaya a saber dónde se despertará ese hombre, pero pasadas las diez y media de la noche no da cruzar a pie seis cuadras de parque que incluye campamento de gente durmiendo en cajas de cartón sumadas a las seis que ahora camina sintiéndose culpable y tan poco confiable como los otros dos...

viernes, 19 de agosto de 2005

Etiamsi omnes, ego non (II)

Ella es
como se me ocurre
Rubia, negra y morena;
y cuando me emborracho de color
arrayán y canela.
Y es una estructura de carne
cuando no tengo frío.
Y es azúcar.
Y se acuesta conmigo
cuando mirando al techo
sueño;
cigarrillos compañeros,
medias luces melancólicas
formando mi escenografía.
Y cuando estoy loco de figuras
es un girasol
y luz y lluvia y olor a tierra
y arco iris
y arenas con cuatro pisadas.
En ella el hoy es mañana.
Y en esos momentos únicos
comparte mi egoismo.
Y tomando coraje
te armo y te desarmo
una pieza niña,
otra pieza mujer
y otra adolescente.
Es ventajoso pensarte,
pensarte y no tenerte;
solo te imagino,
sos irreal
o quizás existas
pero no te ubico
que es lo mismo;
simplemente te asocio con el mar
en un sencillo pensamiento
y el sol tímido
y una caminata
y un girasol
y la lluvia
y el olor a tierra
y arenas
y cuatro pisadas.
Nos contamos pasados
compartimos presentes
y esperamos futuros.

Insomnio
28-01-1974

Otro poemita rescatado del arcón de los recuerdos.
Unos cuantos años después de escrito y con el consiguiente permiso del autor, las últimas tres estrofas cargaron de contenido la tarjeta de invitación a un casamiento.

sábado, 13 de agosto de 2005

Disparos en las sombras

Hablando de hijos y otras yerbas por vaya a saber qué razón, hace un tiempo me acordé de este poema, en particular lo del arco... Hoy de pura casualidad, buscando otras cosas lo encontré.
Acá lo dejo, para solaz de los caminantes que se asomen a mi ventana:


LOS HIJOS

Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.
Khalil Gibran

lunes, 8 de agosto de 2005

Mutaciones

El tipo andaba en plan de mudanza. Había decidido salir de recorrida por las inmobiliarias de la zona y se mandó para el lado comercial del barrio, donde conviven varias de ellas unas junto a otras en un radio de pocas cuadras.
El tipo se detenía ante cada una de ellas y estudiaba atentamente la oferta de las tarjetas, mirando la vidriera con la ñata contra el vidrio: la casa despampanante y con valor de seis dígitos en dólares, el chalet venido a menos, el PH a refaccionar, el depto coqueto pero chiquito, el depto grande pero oscurísimo...
A la hora, o algo así, ya tenía una ensalada en el coco y trataba de agrupar con alguna lógica la variadísima muestra que venía recolectando. ¿Qué sería lo mejor? ¿Privilegiamos la zona, aunque sea más chico el PH...? ¿Elegimos el más lindo, aunque nos quede en el culo del mundo...? ¿El PH aquél a refaccionar, que está a diez cuadras de casa, o el depto ese que es impresionante, pero tiene un ambiente menos...? ¿Compramos barato y gastamos lo que nos queda en arreglar a nuestro gusto, o ponemos lo que hay y lo que no hay y compramos como para mudarnos ya...? ¿Qué hacer? La ansiedad se iba apoderando de él, las opciones iban creando una enorme bola de nieve que crecía a cada momento, sometiéndolo a la presión de tener que optar entre cosas tan diferentes.
En eso venía cuando a mitad de una cuadra entre dos inmobiliarias, pasó por un local cerrado. Un clásico de los noventa, con seguridad había sido un banco, o una financiera, o una casa de cambio: frente amplio y con detalles de arquitectura, vidrieras de cristal templado esfumado en tono verde para impedir el paso del sol, la evidencia de una puerta giratoria amurallada en un cilindro de acero inoxidable, un umbral amplísimo de sección triangular, ya que el frente hacía ángulo a treinta grados con la línea de la vereda.
En el umbral, una incontable cantidad de objetos de todo tipo y tamaño, coronada por dos colchones totalmente desvencijados, uno con los resortes afuera. Sobre un costado, una improvisada mesita con un termo y un mate, un par de atados indescifrables de ropa, mantas y vaya a saber uno qué.
Toda la instalación rebosando mugre, servía de habitáculo a un hombre en los cuarenta, barba y pelo renegridos e hirsutos enmarcando un rostro que al tipo le recordó a los daguerrotipos de Facundo Quiroga. El hombre miró al tipo fijo, con unos ojos verdeazules limpios y directos y con esa mirada inconmovible e impenetrable de quien ha visto demasiado.
En ese preciso instante, la inmensa bola de nieve de sus ansiedades y angustias se derritió hasta dejar una microscópica bolita que lograba, apenas, superar la insignificancia.