viernes, 4 de noviembre de 2005

En camino

El tipo había llegado a la parada para tomar el bondi. Eran cerca de las diez de la noche. Cinco o seis personas ya hacían cola. Una de ellas había prendido un pucho recién. Justificando la leyenda urbana, en la esquina dobla el bondi y arrima a la parada. La mina tira el pucho para subir. De la entrada de un local surgen dos pibes. Uno aparenta alrededor de los 10 u 11, así que debe tener 13 o 14. El otro aparenta 14 o 15, así que debe andar por los 16 o 17. El más chico se apresura a levantar el pucho casi entero. Lo saborea con fruición, sobreactuando el gesto. Un cuadro de Alonso el rostro enjuto. Los ojos marrones enormes y esa sonrisa increíblemente fresca de que son capaces esos pibes a veces, en medio de la mugre que los cubre, mucho más literalmente de lo que quisieramos. Otro pasajero ve la escena y lo mira al tipo con una cara de preocupación simpática, semisonriente, que encierra todo un mundo de reflexiones. El tipo, distraído por la escena, al ir a subir no ve el caño de desagüe que interrumpe el cordón y pisa en falso, trastablillando aparatosamente. El pibito ríe mientras dice: "¡Qué boludo... el cordón, eh...!". El tipo lo mira a los ojos, levanta las cejas como diciendo "ha visto!" y sonríe. Mientras sube, siente que le tocan el pantalón y el pibe dice "eh, don, chistecito, eh..."
Una vez arriba, el tipo se va al fondo del bondi y se sienta.
Momentos después, los dos pibes llegan ahí. El más grande se sienta al lado del tipo, el pibito en el escalón delante de él. Cuadras más adelante baja el pasajero sentado a la derecha del tipo. El tipo se corre y deja el lugar para que se siente el pibito. El pibito se sienta y toma una de esas aguas saborizadas con limonada. En su roñosísima mano izquierda, cuatro o cinco pesos en monedas de diez centavos.
El tipo piensa en qué podría decirle. ¿Que él también debería tener una oportunidad, pero que nadie se lo dijo? ¿Que puede que esta vez, como pinta la cosa, pueda llegar a tenerla, si sobrevive el tiempo suficiente? ¿Que aunque la taba parece estarse dando vuelta, todavía falta muchísimo?
No hay que decir nada. Toda la secuencia: la naturalidad con que los pibes suben y se sientan, con que los pasajeros aceptan ese roce y esa convivencia, eran inexistentes hace unos años. Algunos cambios se extienden imperceptibles a simple vista pero profundos.
Cuando va a bajar, el tipo lo mira fijo al pibito y lo interpela cómplice: "¡Permiso, señor!". El pibito corre la gamba. Cuando el tipo se está parando ya delante de la puerta, el pibito le retruca: "¡Caballero, eh!".
Tres o cuatro días después, cuando va a entrar al cajero automático de la avenida, el tipo lo ve al pibito durmiendo ahí, en la entrada, despatarrado al amparo del clima benévolo. Algún alma caritativa le dejó encima, entre el pecho y el brazo, una bolsita de nylon con un bruto sanguche de milanesa adentro.

No hay comentarios.: