domingo 30 de diciembre de 2007

Un día como hoy, hace tres años...

publicado originalmente el 31/12/2004

Ayer a la noche, el tipo seguía desde la notebook, en su casa, las peripecias del empaquetado final de un producto probablemente llamado a hacer historia en la informática (uno siempre cree eso...).
Quince minutos antes del desastre, alrededor de las 22:45, el tipo intercambió breves y eufóricos saludos con uno de sus cumpas que estaba en la oficina todavía, cuyo último comentario fue "...y nos vamos de vacaciones!!". "Seee", contestó el tipo.
Uno tras otro, fue viendo de un modo casi ritual, los "xxx signed off" de cada uno de los que iban apagando sus máquinas para irse de vacaciones luego de dos años de trabajo consecutivo e ininterrumpido. Había sido un parto que duró mucho más tiempo que el debido, y muchísimo, muchísimo tiempo más que el deseado.

Media hora después, su hijo menor apareció para darle la novedad "se incendió un boliche, por once". Al rato: "hay muertos". Se acabó la película que veían con el otro hijo en el comedor. Se acabó la euforia. "Estaba tocando Callejeros..." "Salí, como va a tocar Callejeros en un bolichito, si llenó una cancha..." "Es Cromañon". En fin.

Hasta la una de la mañana, la tele mostraba primero 9, después 11 muertos. Una notera tiró al aire "más de 100". Gentilmente, desde estudios la hicieron rectificar para que se atuviera a las cifras oficiales.

Alrededor de las 2, cuando la cifra llegaba a 134, el tipo recordó el post de Vir y se mandó a dejar un mensajito corto preguntando como estaba.
Después pasó por el blog de Bater a completar el balance con una puteadísima (gracias, Bater. No se me ocurrió mejor lugar).
Mi hijo llamó a su amigo, que sigue a Callejeros y, para su alivio, lo encontró en su casa, pero buscando a su vez a otros amigos que sí habían ido y de los que todavía no sabía nada.

El saldo final (hasta las 9 de la mañana): 175 muertos, casi 400 internados, muchos al borde de la muerte, cientos y cientos de heridos, shockeados, y vaya a saber uno cuánto más. Y un fin de año de mierda.

Me fui a dormir a las 3 de la mañana, con un nudo en la garganta y el corazón en la boca.
Esta mañana, hice un viaje en bondi desde Parque Patricios hasta Flores que fue terrible. Lagrimeando inconteniblemente y sin poder ver en todo el camino un solo rostro sonriente.
Todos bajo el peso aplastante de nuestra propia tragedia colectiva del comienzo del día de fin de año. O al menos, es la sensación que cargo hoy a cuestas.

Lo que apabulla, lo que desarma, es la increíble banalidad en la que se origina el hecho.
Ahora, seguramente, todos saldrán a la caza indiscriminada de culpables. El dueño del boliche culpará al inconciente que lanzó la bengala, la municipalidad al dueño del boliche, unos políticos a otros, etc., etc., etc.

Pero, precisamente, la pura y brutal banalidad del hecho pone al descubierto otras cosas, en primer lugar la lógica perversa de muchos mecanismos de la convivencia actual.

El o la que tiró la bengala es, seguramente, inimputable. Así como Vir se transó un chabón y se fumó un porro, es probable que este o esta haya hecho al revés, se haya fumado el porro primero y después, en lugar de flashear que la camioneta andaba en dos ruedas, haya flasheado que estaba al aire libre, no sé, cualquier cosa.

El que encadenó la puerta es, seguramente, inimputable. A él lo mandaron, seguramente, quienes llevaron ese grupo a ese local sabiendo desde el vamos que la demanda iba a ser mayor que la oferta (paradigma de los buenos negocios, si lo hay) y quisieron evitar colados. Y aunque se le habrá ocurrido lo irónico de encadenar, justamente, una salida de escape, habrá pensado "quién soy yo".

El dueño del boliche es, seguramente, inimputable. Su objetivo era mantener una buena relación entre su oferta y la demanda. Percibió el peligro. Tomó las medidas que las circunstancias ameritaban: palpado de los que entraban para revisar que no trajeran cosas indeseables y, a estar por un testigo en la tele, el día anterior habló como media hora para pedir que no se usara pirotecnia, porque "nos podemos quemar todos".

Los canales de TV presentes son, seguramente, inimputables. Su misión no es informar, no es entretener, ni mucho menos ser útiles en algo en medio de un desastre tal. La carrera entre los canales para ver quién lograba la toma más desgarradora o la mayor cifra de muertos antes está al servicio de su verdadero y excluyente objetivo: polucionar cerebros y vender minutos de aire.
Los noteros, por dios, los noteros. Son, definitivamente, inimputables. Su misión es dramatizar la realidad, no informar. Me produjeron la mayor carga de exasperación y bronca que tuve en muchísimos años.
Su nulidad absoluta e insanable para percibir las necesidades del momento, su incapacidad completa para usar ese potentísimo aparataje tecnológico para ayudar a organizar la atención del desastre, muestran su total orfandad. Competían por ver quién hacía la pregunta más imbécil y fuera de lugar, quién hacía el relato más escabroso, más corruptamente sensiblero mientras, probablemente, en su cerebrito filisteo se veían como la Mónica o el César del nuevo milenio. Curtidos en la década pasada, lanzados incansables a la búsqueda de un culpable a demonizar. Preguntando a cualquiera que pasara "había matafuegos?", "había seguridad?", "cómo eran las salidas?". Una imbecilidad tras otra.

Y en el medio de todo ese desastre mayúsculo, la única lucecita que ilumina el camino: la gente.
El vecino que sacó los baldes de agua para lavar heridas quemadas en el piso, el laburante que venía en el tren "de laburar lejísimo..." y entró y salió mil veces de ese edificio dantesco cargando cuerpos, el chabón que iba caminando por Rivadavia y cuando vió el desastre entró a sacar cuerpos que no sabía si estaban vivos o muertos. El ex-bombero que conocía el lugar y cuando vio fuego se imaginó el desastre.
Y los pibes y pibas que sacaron a patadas en el culo, literalmente, a los camarógrafos y noteros de los medios que estorbaban mucho y no ayudaban nada.
Y los pibes y pibas que, superado el pánico inicial, cuando lograron salir volvieron a entrar y sacaron cientos y cientos de personas de esa ratonera. Son incontables los relatos de víctimas que dicen "y después no me acuerdo de nada, alguien me sacó".
Dicen que había 6.000 personas adentro. Y todos salieron por una puerta, por lo que se sabe hasta ahora. Imagínense lo que pudo haber sido eso, sin el heroico arrojo de esos pibes que, junto con los transeuntes solidarios, son los que armaron los cordones, son los que más gente sacaron, sin ninguna duda, porque entre muertos y heridos, hubo que cargar unas 500 personas en algo más de dos horas, como mínimo.
Los mismos pibes y pibas, cualquiera de los cuales pudo haber sido el inconciente iniciador de esta tragedia. Porque eso somos los seres humanos, la suma de todas las posibilidades.
Como cantaba en un tiempo Silvio, "si alguien roba comida y después da la vida, qué hacer...".

Todo un símbolo de la complejidad de estos tiempos, este asunto.
Ajústense los cinturones de seguridad, en el 2005 nos queda mucho por hacer...
Y en el 2006, y en el 2007...


domingo 23 de diciembre de 2007

Chapas voladas

Estábamos en la casa de G. Era un departamento precioso a una cuadra del Congreso que tenía dependencias de servicio y balcón terraza. G. era el único varón de la familia, así que esas dependencias (un cuartito con baño propio y con la salida de servicio al lado) se habían convertido en su propio monoambiente con la cocina compartida. El balcón terraza con barandal de madera hacía de patio.
G. no andaba muy bien de ánimos. Se había peleado con una novia, o una mina no había querido salir con él, algo así…
Él y yo éramos amigos desde los 13, más o menos, cuando nos conocimos en una vereda de Barracas. Yo vivía en la ochava y él pasaba por ahí todos los domingos con su familia cuando iban a la iglesia que estaba a mitad de cuadra. Ahora él tenía 19 y a mí me faltaban tres meses para cumplirlos.
A G. le gustaba autodefinirse como “tracción a sangre”. Combinaba con naturalidad un dominio exquisito de la técnica –era técnico instrumentista egresado de la Escuela Fábrica de la Shell de Dock Sud- con una envidiable capacidad para el lenguaje poético y la metáfora. Admirador de Ford y de Maiakovsky.
Un laburante de la poesía, capaz de pasar horas tratando de organizar un poema.
Un enamorado de la tecnología, al que le brillaban los ojos como a un chico contando cómo era la última máquina japonesa para fabricar blocks de motores.
Descendiente de holandeses, su padre había muerto en un accidente bastante estúpido cuando G. era chiquito.
Bueno, ahora que lo pienso, ¿hay accidentes inteligentes? ¿Se puede clasificar así un accidente?
En fin, no importa, la cuestión es que el viejo de G. laburaba construyendo galpones o arreglando techos, o algo así. Habían subido con su hermano –el tío de G.- a revisar un techo de chapas de fibrocemento. (¿Saben de qué hablo? ¿No? Bueno, por las dudas: las chapas de fibrocemento son esas chapas acanaladas más o menos gruesas que parecen de cartón prensado, con una forma que vista de frente es medio así: ~~~~~~~)
Todo el que anda en este asunto de los techos sabe perfectamente que esas chapas son jodidas. Nunca -pero nunca- se pisan en el medio, porque el fibrocemento es duro pero quebradizo. Se pisa siempre –pero siempre- en donde se superpone la punta de una con la punta de la otra, que además es donde están apoyadas en los travesaños que recorren el techo a lo largo.
De última –pero solamente si no hay más remedio-, se puede pisar con mucho cuidado la superposición de sus lados, ya que ahí quedan los dos lomos uno encima del otro y juntos pueden aguantar el peso de un cuerpo durante el breve empujón de un paso.
En fin, no tengo ni idea de si el viejo de G. pisó mal o no. No sé si tropezó o qué. Lo que sí sé es que el techo ni siquiera era demasiado alto -unos cuatro metros-, así que cuando el tipo pasó para abajo se podía esperar a lo sumo unos huesitos rotos o algo por el estilo. Y efectivamente, cuando los tordos lo revisaron lo único que le encontraron fue un esguince en una muñeca y escoriaciones en las extremidades y tronco. Es decir: se dobló la muñeca y se aporreó un poco las costillas, las rodillas, los codos, eso… Pero la chapa le pegó de canto en la nuca y lo mató. Porque la puta chapa iba derechito detrás del viejo de G. El hermano lo vio tan clarito que se zambulló detrás para tratar de manotearla, patearla, algo. Bueno. No llegó.
Así que G. era el único hombre de la familia. Vivía con su madre y sus tres hermanas –una menor, las otras dos mayores- y ese día andaba medio depre.
No era extraño ese estado en él, un tipo tracción a sangre, hipersensible, profundamente solidario, algo egoísta de a ratos.
G. medía un metro noventa. Era rubio, tenía ojos color miel, cara cuadrada. Era el prototipo del vikingo. Para darles una idea acabada: en la Escuela de la Shell a los pibes les hacían chequeos todos los años. Evaluaban todo, incluyendo medidas y proporciones físicas... Cosas de holandeses, ustedes me entienden… Bueno, G. sacaba 99% en esas evaluaciones. Y el 1% faltante se lo descontaban porque… fumaba y tenía irritados los bronquios. En esa época yo también fumaba. Parissiennes fuertes.
Y ahí estaba yo esa tarde de sábado o domingo, cumpliendo mi turno de bancarlo. Nuestra compañía inseparable en esos momentos, además de la música, era el mate. Amargo, dulce, con café, con cáscaras de naranja, caliente, tibio. Pavas y pavas de mate. Así que cuando la pava se vació me fui para la cocina a calentar más agua, mientras seguíamos hablando de lejos. G. salió al balcón terraza y yo puse la pava en el fuego. Cuando el agua estuvo a punto cambié la yerba, empecé un mate nuevo y enfilé para la habitación de mi mejor amigo. Al momento de trasponer la puerta de chapa de la cocina, cuando levanté la vista del mate al que iba echándole agua, lo vi.
El vikingo de un metro noventa se encontraba en ese preciso instante agarrado de la baranda de madera que rodeaba la terraza. Había pasado por encima de ella y estaba del lado de afuera, con los pies en la cornisa y mirando hacia abajo desde el décimo piso…
Cuando escuchó mi voz se asustó y giró la cabeza violentamente para mirarme, como sorprendido en falta. La brusquedad del movimiento lo hizo tambalear, mientras yo sentía que toda la sangre se juntaba en un extremo de mi cuerpo, aunque no estoy seguro de si se me fue toda a la cabeza, o si se me fue toda a los pies.
Con el cuerpo completamente tensado en el esfuerzo, mientras recuperaba el equilibrio, me miró muy fijo a los ojos. Ahí me di cuenta. De la mueca que hiciera, de la cadencia de mi parpadeo, de la velocidad con que bajara la pava o la firmeza con que sostuviera el mate, de lo que dijera o no, dependía todo. Instantáneamente me calmé, las situaciones de tensión siempre me enfrían.
No se me movió un solo músculo de la cara. Del modo más natural que pude y sin dejar de mirarlo, chupé de la bombilla hasta que hizo ruidito. Después, para sorpresa de G., bajé tranquilamente la mirada hacia el mate y, mientras volvía a llenarlo lo más despacito que pude, le dije con mi voz más neutra: -“¿Vas a algún lado?”
Al mismo tiempo, levanté la vista, lo miré muy fijo y estiré el brazo mientras, ahora sí, lentamente, empecé a caminar hacia él alcanzándole el mate.
Él se desconcertó bastante. Parpadeó sorprendido, se aflojó. Dudó.
La situación cambió de dramática a ridícula sin solución de continuidad.
Ya no dejó de mirarme. El gesto se le ablandó. Pasó al lado de adentro con desgano, casi con calma. Se sentó apoyando la espalda contra el barandal de madera, aceptó el mate y bamboleando la cabeza sin mirarme, con voz resignada, masculló mordiendo las palabras con más ironía que enojo: -“¡Flaco hijo de puta, ni matarme tranquilo puedo con vos…!”
G. siempre decía que yo era la voz de su conciencia.