viernes, 22 de abril de 2005

En familia

El colectivo está bastante cargado de pasajeros de a pie.
Escucho alguien que empieza a vender lapiceras: una voz femenina de maestra jardinera.
Cuando aparece en el fondo compruebo, además, que tiene aspecto y actitud concordante.
Vende como diez. Raro, estamos a 22, la gente no suele andar con plata.
Una dulzura, la mina. A cada uno le arrima el anotador: "¿quiere probar la roja?".
Todos, menos uno, le dicen que no hace falta. Culmina su asunto y baja.
Sube un rengo. Lo tengo más que visto durante años en esta línea.
Ahora anda con un buen buzo. Y buenas zapatillas.
Saluda al chofer con una de esas complicadas figuras que antes se veían sólo en las películas cuando se saludaban los "pandilleros".
El chofer manotea una foto que tiene al costado y se la muestra.
"Esta quién es?" -pregunta el rengo.
"Mi mujer", le dice el fercho.
Dos paradas más allá, sube un cafetero, también habitué de la línea.
Empiezan a charlar y a joderse entre ellos.
Muy buen humor, mucha buena onda. Y no era parte del mangazo. No.
Le pasan la foto. El cafetero lo jode al fercho: "Ojalá una mina así me diera bola".
"Cómo lo dejás subir al rengo este, che? Te va a llenar el bondi de plumas."
Lo jode al rengo ( "Estás jodido, sos rengo, pobre y gallina") y cuando éste empieza su discursito de mangazo le manda: "claro, éste viene a mangar acá, pero ahí donde lo ve, señora, no se puede creer el piso en el que vive. Acá viene todo rotosito..."
El rengo se caga de risa y le contesta: "claaro, todo un piso, tengo..."
Y todo un diálogo chispeante que nos tuvo veinte cuadras con todo el bondi llorando de la risa.
Apenas un atisbo de lo que podría ser la ciudad si, como dice el Pibe, saliéramos un poco más de adentro nuestro.

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