domingo, 9 de enero de 2005

De te fabula narratur (*)

El viernes pasado, el tipo se encontró con un amigo. Uno de esos saludos findeañeros atrasados.
Cuando salió del boliche, cerca de la una, no se le ocurrió mejor idea que irse a pata unas veinte cuadras hasta el banco donde tenía que pagar una cuota. Había -supo después- 42º de sensación térmica. En el preciso instante que entró, un violento aire frío le estrujó la tráquea. Puteando controló la respiración lo mejor que pudo y trató de aclimatar su sudoroso cuerpo al frío polar del lugar. ¿Quién no sabe que eso es dañino para la salud de los cientos de miles de giles que entran y salen una y otra vez de esos sitios refrigerados? ¿No se podría considerar tal situación y, en lugar de poner chorros de aire frío a la entrada para que contrarresten la pérdida de la apertura constante de puertas, hacer al revés y reducir gradualmente la temperatura a medida que uno se adentra en el ambiente? Bueh, andá a cantarle a Gardel.
Venía el tipo cavilando sobre el tema cuando, al llegar a la esquina, una hermosa van Chevrolet de esas nuevecitas se detuvo intempestivamente obstruyendo 3/4 partes de la senda peatonal por la que el tipo debía cruzar. Ya de mal talante, el tipo rodea el vehículo con ánimo de mirar fijo al conductor y mandarlo a... bueno, ahí -y por la ventanilla no se podía, porque estaba totalmente polarizada-. Pero se le congela la puteada en la boca, cuando ve que la conductora, una señora cuarentona, bastante gordita, conversa animadamente mientras sostiene con su mano izquierda a una criatura de no más de dos añitos que lleva sentada de costado sobre su pierna izquierda, entre su pecho y el volante.
Ya francamente consternado, el tipo camina otras cuatro o cinco cuadras. Llegando a un autoservicio, ve salir un nenito de unos tres o cuatro años con una sillita para sentarse en la vereda. Detrás de él, otra criatura alrededor de la misma edad, viene forcejeando con un bidón lleno, de esos de 3 o 4 litros, que el tipo calcula tendrá agua. Cuando llega hasta los chicos, ve el bidón, frena en seco y mete la cabeza en el local y pregunta "eso realmente ES lavandina?!!", justo para ver a una señora que ya viene corriendo, gritándole al nene.
Dos cuadras más adelante, patea la cubierta de goma de un cable de esos que usan para alimentar la electricidad de las farolas esas que ponen en la vereda los restaurantes.
Comenta al respecto al llegar al laburo, diciendo que si eso se moja, hace corto y puede electrocutar a cualquiera. "Justamente algo así pasó en casa el fin de semana:"-dice uno de sus cumpas- "se mojó un cable de la vereda, hizo corto, y nos quedamos sin luz tres manzanas a la redonda".
Entonces escuchó por enésima vez en la radio, la televisión, los diarios y el bondi la exigencia de que se encuentre a los culpables del incendio de Once.
Se quedó pensando que, grosso modo, el espejo no sería un mal lugar para empezar...


(*) Quid rides? Mutato nomine de te fabula narratur.
O: De qué te reís? Cambiando el nombre, el cuento habla de vos.

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