viernes, 20 de mayo de 2005

Tarde

La última vez que recordaba haber llorado fue cuando se murió ese casi segundo padre que tuvo, cirrótico por el whisky. Bueno, en realidad, en el velorio. Todo iba bárbaro, considerando el mal momento, hasta que le contaron que la muerte de su compañera de toda la vida lo había conducido inexorablemente a la depresión, que ahogaba en el alcohol. Y que el sujeto -que se bajaba una o dos botellas por tarde-, a mitad de la segunda empezaba a gritar su nombre y que se dormía invocándolo a él.
Ese comentario disparó todas las impotencias acumuladas que delimitaba esa muerte de alguien a quien en sus últimos años prácticamente no vió, siempre con una u otra causa, más o menos justificada...
Siempre había pensado en que cuando le fuera bien iba a retribuirle todo lo que le enseñó asegurándole una buena vejez, haciéndolo partícipe de su bienestar, incluyéndolo en su éxito.
Pero no llegó a tiempo.
Y la impotencia se trocó en llanto desconsolado.

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