martes, 31 de mayo de 2005

Una de cal, una de arena

Una de arena
El tipo llega a la parada. En medio de la vereda, dos chicos (uno de ocho o nueve, otro de seis o siete) se revuelcan por las baldosas, trenzados en una pelea. Una mujer de treinta y pico sale de la cola del bondi y forcejea con ellos para separarlos. Duramente: a gatas contiene al más chico, que se lo quiere comer al otro. Prácticamente tiene que pellizcarle la mano para que suelte al más grande. Tras una breve duda, queda claro que es la madre de ambos.
Vuelven a la cola. Parada casi sobre el cordón, la madre cubre con su brazo izquierdo al más chiquito, que llora contra su cadera. Más hacia la izquierda está el poste del semáforo,a menos de medio metro. El más grande se abraza a él y como al descuido revolea la pierna y roza intencionalmente al chiquito, provocándolo. Se ríe de él y le hace burlas por lo bajo. El chiquito estalla de ira e impotencia; sin soltarse de su madre patea hacia atrás como un caballo. El más grande actúa un desconcierto poco creíble y devuelve casi con saña la patada. Por suerte le erra.
Casi cinco minutos así, la madre insistiéndole al más grande para que se aleje y amenazándolo con que se lo va a contar a no se entiende quién, el más grande ignorándola. La madre, a todas luces, no controla nada. El tipo piensa en cómo puede ser que la madre no haga una maniobra tan obvia como cambiar lugares con el más chico, quedando entre medio de los dos.
Consciente de que maneja la situación, el más grande vuelve a la carga una y otra vez.
Provoca y tortura al más chico, abusando de su edad, de la impotencia descontrolada del otro y de la inoperancia de la madre.
Finalmente llegan dos colectivos de la misma línea. El tipo piensa por un instante en subir al mismo que el trío, pero después se sube al otro. Hay algo de intolerable en esa disfuncionalidad familiar. Todos los dolores que se pueden infligir a terceros brotan de esa actitud ebria de poder que le da al pibe su conciencia de dominar la situación y la claramente perceptible costumbre de salirse con la suya, reflejada en la sonrisa arrogante -casi sádica- del impune. Todos los Aushwitz, todos los Kosovo y los Sarajevo, todos los Bagdad, todos los Sabra y Shatila, todas las ESMA pueden tener su germen en una mirada fría y malvada como la del más grande.

Una de cal
El tipo toma el bondi para volver. Suben dos pibes de quince, quizá dieciseis, vendiendo sahumerios. Nada nuevo. A lo sumo, que todos y cada uno de los pasajeros acepta agarrar el sobrecito. Pero para desconcierto del tipo, el pibe que vende explica que no consiguen trabajo por "un par de causas penales" que todavía tienen abiertas, así que están rascando para el puchero vendiendo los sahumerios que aprendieron a hacer en el centro de rehabilitación del que acaban de salir, hasta tanto su situación judicial se resuelva.
Casi la mitad del pasaje colabora con los pibes, aunque la mitad de esos les devuelve los sahumerios junto con las monedas.

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