sábado, 20 de noviembre de 2004

Se quiere mucho, poquito, nada...

El día que el tipo recibio el llamado de la madre porque "tenía un dolor en el pecho y la espalda", largó lo que estaba haciendo, en la calle cazó el primer taxi y a los quince minutos entraba al depto de ella.
La vieja estaba en la cama. Cuando lo vio entrar como una tromba, lo miró con cara de "no era para tanto, pero ya que estás acá..." - un idishe mame genuino, bah- y le dijo: "ya llamé a la prepaga. Hacéme el favor, andá a la cocina y guardá en la heladera las cosas, que cuando me agarró me estaba preparando una ensaladita".
El tipo, obediente como buen hijo, allá fue. Agarró todo lo que estaba en la mesada, abrió la heladera para guardar las verduritas, vio lo que vio, regresó a la habitación y con la voz más neutra que encontró, preguntó: "¿Y ese mantecol en la heladera...?"
La vieja -que toma dos pastillas para la diabetes por día y durante los últimos veinte años ha portado un nivel de azúcar en sangre promedio que es el doble del normal- contestó "ah... es para los nietos, que vienen en un par de días".
El tipo -que sabe que los nietos cuando ven un mantecol cruzan de vereda- hizo como que le creía, puso cara de circunstancias y a partir de ahí se dedicó a fabricar una zanja en el piso del depto caminando de ida y vuelta por todos lados, como para descargar la tensión que no tenía más remedio que morfarse.
Llegó la doctora de la prepaga, la revisó a full, le dio de tomar un par de cosas y les dijo que ya estaba estabilizada, pero que sin falta se hiciera un electro "hoy mismo".
El tipo se comprometió a que se lo iba a hacer en cuanto la vieja se vistiera y se calzara los zapatos y, efectivamente, a la media hora rumbeaban en un taxi hacia la clínica.
Antes, levantó de la alfombra un tazo de los que vienen en los paquetes de papas fritas que, por supuesto, la vieja no tenía idea de cómo había ido a parar ahí.

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