viernes, 31 de diciembre de 2004

Donde mueren las palabras...

Ayer a la noche, el tipo seguía desde la notebook, en su casa, las peripecias del empaquetado final de un producto probablemente llamado a hacer historia en la informática (uno siempre cree eso...).
Quince minutos antes del desastre, alrededor de las 22:45, el tipo intercambió breves y eufóricos saludos con uno de sus cumpas que estaba en la oficina todavía, cuyo último comentario fue "...y nos vamos de vacaciones!!". "Seee", contestó el tipo.
Uno tras otro, fue viendo de un modo casi ritual, los "xxx signed off" de cada uno de los que iban apagando sus máquinas para irse de vacaciones luego de dos años de trabajo consecutivo e ininterrumpido. Había sido un parto que duró mucho más tiempo que el debido, y muchísimo, muchísimo tiempo más que el deseado.

Media hora después, su hijo menor apareció para darle la novedad "se incendió un boliche, por once". Al rato: "hay muertos". Se acabó la película que veían con el otro hijo en el comedor. Se acabó la euforia. "Estaba tocando Callejeros..." "Salí, como va a tocar Callejeros en un bolichito, si llenó una cancha..." "Es Cromañon". En fin.

Hasta la una de la mañana, la tele mostraba primero 9, después 11 muertos. Una notera tiró al aire "más de 100". Gentilmente, desde estudios la hicieron rectificar para que se atuviera a las cifras oficiales.

Alrededor de las 2, cuando la cifra llegaba a 134, el tipo recordó el post de Vir y se mandó a dejar un mensajito corto preguntando como estaba.
Después pasó por el blog de Bater a completar el balance con una puteadísima (gracias, Bater. No se me ocurrió mejor lugar).
Mi hijo llamó a su amigo, que sigue a Callejeros y, para su alivio, lo encontró en su casa, pero buscando a su vez a otros amigos que sí habían ido y de los que todavía no sabía nada.

El saldo final (hasta las 9 de la mañana): 175 muertos, casi 400 internados, muchos al borde de la muerte, cientos y cientos de heridos, shockeados, y vaya a saber uno cuánto más. Y un fin de año de mierda.

Me fui a dormir a las 3 de la mañana, con un nudo en la garganta y el corazón en la boca.
Esta mañana, hice un viaje en bondi desde Parque Patricios hasta Flores que fue terrible. Lagrimeando inconteniblemente y sin poder ver en todo el camino un solo rostro sonriente.
Todos bajo el peso aplastante de nuestra propia tragedia colectiva del comienzo del día de fin de año. O al menos, es la sensación que cargo hoy a cuestas.

Lo que apabulla, lo que desarma, es la increíble banalidad en la que se origina el hecho.
Ahora, seguramente, todos saldrán a la caza indiscriminada de culpables. El dueño del boliche culpará al inconciente que lanzó la bengala, la municipalidad al dueño del boliche, unos políticos a otros, etc., etc., etc.

Pero, precisamente, la pura y brutal banalidad del hecho pone al descubierto otras cosas, en primer lugar la lógica perversa de muchos mecanismos de la convivencia actual.

El o la que tiró la bengala es, seguramente, inimputable. Así como Vir se transó un chabón y se fumó un porro, es probable que este o esta haya hecho al revés, se haya fumado el porro primero y después, en lugar de flashear que la camioneta andaba en dos ruedas, haya flasheado que estaba al aire libre, no sé, cualquier cosa.

El que encadenó la puerta es, seguramente, inimputable. A él lo mandaron, seguramente, quienes llevaron ese grupo a ese local sabiendo desde el vamos que la demanda iba a ser mayor que la oferta (paradigma de los buenos negocios, si lo hay) y quisieron evitar colados. Y aunque se le habrá ocurrido lo irónico de encadenar, justamente, una salida de escape, habrá pensado "quién soy yo".

El dueño del boliche es, seguramente, inimputable. Su objetivo era mantener una buena relación entre su oferta y la demanda. Percibió el peligro. Tomó las medidas que las circunstancias ameritaban: palpado de los que entraban para revisar que no trajeran cosas indeseables y, a estar por un testigo en la tele, el día anterior habló como media hora para pedir que no se usara pirotecnia, porque "nos podemos quemar todos".

Los canales de TV presentes son, seguramente, inimputables. Su misión no es informar, no es entretener, ni mucho menos ser útiles en algo en medio de un desastre tal. La carrera entre los canales para ver quién lograba la toma más desgarradora o la mayor cifra de muertos antes está al servicio de su verdadero y excluyente objetivo: polucionar cerebros y vender minutos de aire.
Los noteros, por dios, los noteros. Son, definitivamente, inimputables. Su misión es dramatizar la realidad, no informar. Me produjeron la mayor carga de exasperación y bronca que tuve en muchísimos años.
Su nulidad absoluta e insanable para percibir las necesidades del momento, su incapacidad completa para usar ese potentísimo aparataje tecnológico para ayudar a organizar la atención del desastre, muestran su total orfandad. Competían por ver quién hacía la pregunta más imbécil y fuera de lugar, quién hacía el relato más escabroso, más corruptamente sensiblero mientras, probablemente, en su cerebrito filisteo se veían como la Mónica o el César del nuevo milenio. Curtidos en la década pasada, lanzados incansables a la búsqueda de un culpable a demonizar. Preguntando a cualquiera que pasara "había matafuegos?", "había seguridad?", "cómo eran las salidas?". Una imbecilidad tras otra.

Y en el medio de todo ese desastre mayúsculo, la única lucesita que ilumina el camino: la gente.
El vecino que sacó los baldes de agua para lavar heridas quemadas en el piso, el laburante que venía en el tren "de laburar lejísimo..." y entró y salió mil veces de ese edificio dantesco cargando cuerpos, el chabón que iba caminando por Rivadavia y cuando vió el desastre entró a sacar cuerpos que no sabía si estaban vivos o muertos. El ex-bombero que conocía el lugar y cuando vio fuego se imaginó el desastre.
Y los pibes y pibas que sacaron a patadas en el culo, literalmente, a los camarógrafos y noteros de los medios que estorbaban mucho y no ayudaban nada.
Y los pibes y pibas que, superado el pánico inicial, cuando lograron salir volvieron a entrar y sacaron cientos y cientos de personas de esa ratonera. Son incontables los relatos de víctimas que dicen "y después no me acuerdo de nada, alguien me sacó".
Dicen que había 6.000 personas adentro. Y todos salieron por una puerta, por lo que se sabe hasta ahora. Imagínense lo que pudo haber sido eso, sin el heroico arrojo de esos pibes que, junto con los transeuntes solidaros, son los que armaron los cordones, son los que más gente sacaron, sin ninguna duda, porque entre muertos y heridos, hubo que cargar unas 500 personas en algo más de dos horas, como mínimo.
Los mismos pibes y pibas, cualquiera de los cuales pudo haber sido el inconciente iniciador de esta tragedia. Porque eso somos los seres humanos, la suma de todas las posibilidades.
Como cantaba en un tiempo Silvio, "si alguien roba comida y después da la vida, qué hacer...".

Todo un símbolo de la complejidad de estos tiempos, este asunto.
Ajústense los cinturones de seguridad, en el 2005 nos queda mucho por hacer...
Y en el 2006, y en el 2007...

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