viernes, 24 de diciembre de 2004

Postales

El tipo va caminando por la vereda. Avenida muy transitada, mucha gente de compras por las fiestas. Una mujer viene caminando con dos criaturas de entre 3 y 6 años. De pronto, el tipo no sabe muy bien por qué, porque venía en otra, la mujer zarandea de mal modo a una de ellas, mientras le grita con voz impaciente.
Automáticamente, la docena de personas que circulan a su alrededor, incluyendo al tipo, se congelan en su sitio y la miran. La mujer, probablemente un tanto avergonzada de su propia explosión, se pone colorada, sigue hablándole en otro tono a la nena, con voz más bien confusa, y todos siguen su camino.

Al otro día, el tipo sube al bondi que lo lleva del laburo de vuelta a su casa.
Delante de él, dos mujeres con sendas niñas alrededor de los cuatro añitos están sacando sus respectivos boletos.
Las dos nenas se acomodan en el segundo asiento doble, las dos mamás detrás.
Quince minutos de comedida cháchara de las chiquitas, que vienen desmenuzando el mundo en sus comentarios.
Llega el momento de que una de ellas baje. La mamá se levanta, al pasar junto al asiento dice "vamos, Carolina" y se aproxima a la puera delantera para descender.
Carolina, ni noticias, todavía en medio de una extensa despedida, sazonada con abracitos, besitos y arrumacos varios con su amiga.
La mamá, desde la puerta, ya impaciente, urge "¡VAMOS, CAROLINAA!".
Carolina, ni mu. La mamá vuelve hasta el asiento, la toma abruptamente desde atrás por la cintura y baja refunfuñando entre desconcertada y divertida por la puerta delantera. Carolina sigue en la suya, haciéndole muecas y gestitos de despedida a su amiga.
El colectivero cierra la puerta y arranca para seguir su recorrido.

El tipo, desayunando en casa antes de irse a laburar, ve por la tele el caso de la nena que sospechosamente aparece en un bar de la Boca, y ante la duda de los parroquianos, éstos no dejan que los adultos que la acompañan se la lleven y de ese modo la madre reencuentra a su nena. Eso hizo que el tipo ate las tres cosas y se quede pensando en que, a pesar de todo, algunas cosas vienen cambiando con el tiempo y se van incorporando a nuestros hábitos, se van naturalizando.
Ninguna de esas anécdotas hubiera podido ocurrir veinte años antes. En el mejor de los casos, una o dos personas se habrían sorprendido de que una madre zamarreara a su hijo, y la madre hubiera reaccionado desafiante. Y esa o esas personas lo hubieran visto como totalmente natural. El colectivero, que probablemente en esa época hubiera venido contando billetes y monedas, escuchando la música a todo volumen y seguramente fumando, hubiera puteado en voz alta a la madre y a la nena, hubiera puesto primera violentamente y se las hubiera llevado un par de paradas más lejos para que aprendan a no hacerle perder tiempo. Y los parroquianos del bar boquense, aunque quisieran intervenir se hubieran guardado de hacerlo, ya sabemos todos por qué (y los que no: hace veinte años estábamos incluso antes del "felices pascuas, la casa está en orden..."; así de mal).

Dicen que si uno mete un sapo en agua hirviendo, el sapo salta porque se quema. Pero que si uno lo mete en agua fría y la calienta de a poco, el sapo muere hervido sin percibir el cambio de temperatura paulatino.
A lo bueno uno se acostumbra igual que a lo malo, sin darse cuenta cuando el cambio es paulatino e imperceptible. Pero, cada tanto, es bueno detenerse en ese cambio y traerlo al plano de la conciencia, para aprender a valorarlo si es bueno o a contrarrestarlo si es malo.
Feliz Navidá.

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