domingo, 27 de marzo de 2005

Mirando atrás: Nos siguen pegando abajo.

Con el correr de los días, el tipo y ella fueron encontrando un protocolo medianamente aceptable: hasta aproximadamente cinco metros, ni siquiera se miraban. A partir de esa distancia, no dejaban de mirarse. Por supuesto, no lograban hablarse. A duras penas cambiaban un hola lanzado a todos y a nadie y algún que otro monosílabo -si era inevitable y siempre que hubiera al menos otra persona presente-.
Durante los viajes se seguían rastreando, mientras alternativamente hacían como que charlaban con alguien, como que leían, como que dormían, o como que miraban el paisaje.
En el viaje de ida, el tipo había encontado un asiento bastante adelante, al lado de una rubiecita cuya principal virtud consistía en estar dormida ya cuando el tipo subía y dormir todo el viaje. Eso le ahorraba al tipo la incomodidad de la charla mientras tenía la cabeza en otra parte. De todos modos, cada mañana podía ver la cabeza pelirroja estirarse para verificar si subía.
En el viaje de vuelta, el tipo descubrió que había cierta ventaja posicional que se podía obtener: sentándose atrás de todo evitaba los cruces de miradas por el simple hecho de que ella debería volverse para mirarlo y no haría semejante cosa. Excepto una vez en que, sentada en el último asiento de dos se deslizó hasta casi quedar acostada en el asiento y miró hacia el tipo, que estaba en la hilera del fondo, a dos asientos. Mucho tiempo después todavía cierta ternura le entibiaba al tipo el corazón al recordar la ingenuamente desolada expresión de desconcierto de ella al verse tan en evidencia cuando justo en ese momento el tipo a su vez la miró.
El resto del día, en cualquier circunstancia, fuera en el puesto de trabajo, en el comedor, donde cada uno podía estar sentado con su grupo a quince, veinte metros de distancia, cada vez que el tipo la miraba -casi compulsivamente, hay que admitirlo-, los dos faroles a su vez lo enfocaban. Y al tipo le parecía que cada vez era más evidente para la mayoría a su alrededor.
Una mañana, alguien subió antes que el tipo y le copó el lugar junto a la rubia. Sin otra alternativa que derivar hacia el fondo, el tipo descubrió, para su sorpresa, que ella viajaba sin su compañera cotidiana. Tomó una determinación: era hora de darle un corte a todo el asunto y para eso había que socializar civilizadamente, desmitificar, digamos. Se acercó y preguntó: "Perdón, ¿puedo sentarme acá?"
Superado el desconcierto, ella -que obviamente lo vió venir por el pasillo y miraba por la ventanilla esperando que pasara de largo- dijo que sí, por supuesto...
Todo el viaje el tipo apeló a cuanta pavada se le ocurrió que pudiera servir para llenar los silencios y dar pie a algún tipo de interacción más fluída.
Ella casi no se dignó mirarlo. Sus ojos se clavaban persistentemente en el paisaje afuera y respondía prácticamente con monosílabos. A tal punto que el tipo, con los nervios de punta, llegó a la conclusión de que ella lo estaba sobrando.
Al llegar a la planta, se levantó pensando "Bueno, fangulo, si esto sigue así, ya no es culpa mía. Maldita histérica. Nadie va a poder decir que no hice el esfuerzo".
Ipso facto pensó "Ja. ¿Nadie va a poder decir...?" La ridiculez de la situación era palpable. Tan palpable como la desesperante certeza de que ninguno de los dos la quería, de que los dos se resistían, de que no le encontraban la salida.

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